Si no es indiscreción

¿Por qué no se pone de acuerdo la izquierda?

El progresismo es, paradójicamente, la fe más dogmática en sus escrituras, pero también la que logra los conversos más milagrosos cuando está en juego el poder.

(Foto de ARCHIVO) El diputado de Compromís en las Cortes valencianas, Joan Baldoví, durante un acto público de cierre de campaña de Sumar, en la Plaza de la Virgen.Europa Press

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La izquierda no es una ideología: es una confesión. Tiene algo de orden milenarista, de secta celosa, de Adventistas del Séptimo Día de la política pública. En su catecismo, el paraíso terrenal arranca milagrosamente el primer día que ellos ocupan el Consejo de Ministros; todo lo anterior es tiniebla, decadencia o caos. El gran vicio del progresismo —ese que se retroalimenta en su propia cerrazón existencial— es su feroz intolerancia.

Tengo una amiga en Podemos. Mantenemos el afecto a pesar del despotismo con el que me observa, convencida de que soy un absolutista impenitente. Según su doctrina, soy facha por simple casualidad biológica, por circunstancias ajenas a mi voluntad. No hay forma de rescatarla de ahí; a veces me mira con esa piedad cansada y lejana con la que Jesús consolaba a los leprosos en los caminos.

Si la izquierda no logra entenderse a nivel nacional no es por falta de objetivos, sino por exceso de celo dogmático. Son incapaces de tolerar incluso a sus propios hermanos de fe. Uno examina sus programas electorales, sus manifiestos y sus proclamas, y resulta inevitable preguntarse cómo es posible que no militen en la misma siglas. Tendemos a diagnosticarlo como una vulgar batalla de egos, pero nos equivocamos: es una guerra de religión.

Me recuerdan a las infinitas escisiones del cristianismo. Escuchas a un luterano y te preguntas qué muralla tan insalvable lo separa hoy de un católico. Lo mismo ocurre al oír a uno de Sumar y a otro de Podemos: han abierto una sima teológica entre dos mundos simplemente para evitar pisar el suelo común. Sus debates filosóficos son concilios medievales; rezan al mismo Dios, pero se excomulgan desde parroquias distintas por un matiz en la liturgia. Ahí, en las apostillas al margen y en la pureza del acento, está la culpa de que todo se haya desmoronado.

Presumimos de un sistema plural, pero lo que tenemos es una congregación de capillas donde se prohíbe el paso a quien no haya sido bautizado en las aguas sagradas de su matriz ideológica. En una democracia madura, las sensibilidades dispares convivirían en forma de corrientes internas dentro de los grandes partidos. Pero el germen de la izquierda es la incomprensión: ante el menor desencuentro, prefieren levantar su propio templo. Viven cómodos en el aislamiento del dogma.

El precedente de esta fragmentación se incubó cuando Rosa Díez fundó UPyD porque no le gustaba el matiz de rojo del PSOE. La historia habría sido otra si se hubiera quedado a dar la batalla doctrinal dentro, como hizo años después Pedro Sánchez hasta moldear el partido a su exacta imagen y semejanza. Sánchez entendió la lección: no hay que fundar otra iglesia cuando puedes convertirte en el Sumo Pontífice de la existente.

En la Comunidad Valenciana, sin embargo, la izquierda practica una suerte de pragmatismo mercantil. Compromís actúa como el pegamento interesado entre las distintas corrientes del marco patrio. Saben que sin el barniz valencianista el rédito electoral se evapora. Ahí los dogmas se vuelven flexibles y Joan Baldoví calca el discurso de los separatistas catalanes por puro utilitarismo. No creo que sean independentistas convencidos; simplemente se convierten para sobrevivir, exacto igual que hacían los moriscos en el siglo XVI abrazando el bautismo para no ser expulsados.

El progresismo es, paradójicamente, la fe más dogmática en sus escrituras, pero también la que logra los conversos más milagrosos cuando está en juego el poder.