Pausa para el café

Carlos San José

Licenciado en Filología 

La tensión política en España tiene nombre de mujer

Ojalá Suárez levantara la cabeza y volviera a reinar una unión de centro democrática que sosegara aguas, templara espíritus y calmara esta atmósfera política irrespirable.

La secretaria general de Podemos, Ione BelarraEuropa Press

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España atraviesa uno de los momentos políticos más críticos de nuestra pequeña historia democrática reciente. La polarización actual se asemeja a oscuros episodios ya casi centenarios previos al mayor conflicto fratricida acaecido en nuestro bendito país. La derecha y la izquierda. La izquierda y la derecha, pero sobre todo, la extrema derecha y la extrema izquierda hacen removerse del sillón de la comodidad ideológica a millones de españoles cada día escuchando y leyendo la actualidad nacional revestida de extremismo y animadversión sin límites.

El génesis de esta situación debo marcarlo con la irrupción de Podemos en la política española en 2014, en un contexto marcado por la crisis económica, el desempleo, los recortes sociales, los casos de corrupción y el creciente descontento ciudadano con los partidos tradicionales. El proyecto nació en enero de ese año, con Pablo Iglesias como principal referente, y consiguió canalizar parte de las reivindicaciones del movimiento 15-M, que reclamaba una mayor participación ciudadana, una regeneración democrática y alternativas al bipartidismo representado por el PP y el PSOE.

El gran punto de inflexión llegó en las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014. Podemos obtuvo 1.253.837 votos, el 7,98 % del total, y consiguió cinco eurodiputados. Este resultado sorprendió al panorama político español y demostró que existía un espacio electoral importante para una nueva formación capaz de conectar con el descontento social. En apenas un año y medio, el partido experimentó un crecimiento extraordinario. En las elecciones generales de diciembre de 2015, las candidaturas de Podemos y sus confluencias territoriales alcanzaron aproximadamente 5,2 millones de votos, el 20,66 % del total, y consiguieron 69 diputados. Unos pocos años después alcanzó el gobierno de España junto a un resignado Pedro Sánchez que tuvo que hacer hueco a los de Podemos para poder gozar de un “gobierno progresista”.

Las políticas sociales del partido morado pronto se vieron más alineadas con ideologías comunistas o marxistas que por el pragmatismo de una mejor gestión social, lo que introdujo decretos y leyes que hicieron resquebrajar desde abajo los cimientos de la estructura democrática imperante hasta ese momento.

La ley del péndulo siempre se cumple y si uno estira las cosas hacia un extremo acaba dando vida al otro. Podemos y sus planteamientos de extrema izquierda alimentaron la llama contestataria de la extrema derecha de VOX. Todo tiene su momento y las encuestas reflejan las tendencias y comportamientos sociales y es obvio que lo que hace una década era izquierda ahora es derecha como consecuencia lógica al hastío actual, y es más que probable que en una década vivamos lo mismo pero al revés.

La corriente alcista de la extrema derecha de Abascal aupada principalmente por jóvenes y decepcionados marcará los próximos años y arrastrará la moderación del PP como le ocurre al PSOE con los partidos situados a su izquierda. El lenguaje político se radicaliza, las posiciones se superlativizan y la sensación de que es un momento sumamente delicado para nuestro país se instaura.

Los que vivimos las cosas con perspectiva de gestión por encima de cualquier ideología estamos absolutamente neutralizados. Son malos tiempos para la equidistancia y el equilibrio, la onda política te obliga a posicionarte y te imposibilita ocupar una posición de centro y moderada. Se ha instaurado en la clase política la sensación de los ciudadanos somos seres estúpidos que tragamos con todo lo que venga desde nuestra acera ideológica y que la sumisión a unas siglas y a un líder está por encima de cualquier valoración y análisis crítico. Deben pensar que decir una cosa y la contraria (antes se llamaba engañar) con el aplauso fácil de los suyos, que mentir descaradamente que manipular hasta el extremo sin consecuencias, se ha convertido en la forma habitual de hacer política. ¿No hay ningún militante que alce la voz en los partidos (democráticos) para decir que un planteamiento no es correcto? ¿Se han convertido los partidos en sectas y el pensamiento crítico está premiado con la excomunión? Parece que sí.

Malos tiempos para la lírica, pero oscuros para el debate sano. Escuchar a Irene Montero, Ione Belarra, Cayetana Álvarez o Pepa Millán da miedo, sus continuos desprecios y salidas de tono, sus proclamas apocalípticas, sus mensajes de odio y su vehemencia a la hora de expresarlos son el paradigma de una política muy tensa, que refleja una sociedad fragmentada y alimentada por estos discursos que no anticipan nada bueno en el futuro. Ojalá Suárez levantara la cabeza y volviera a reinar una unión de centro democrática que sosegara aguas, templara espíritus y calmara esta atmósfera política irrespirable.