Ríos de tinta en negrita
El PSOE se ha dado cuenta que lleva ocho años gobernando
Al final, la tragedia de esta izquierda no es que no haya gobernado, sino que ha convertido el ejercicio del poder en una perpetua protesta contra la realidad.
La delegada del Gobierno en la Comunidad Valenciana y cabeza de lista del PSPV-PSOE en Valencia, Pilar Bernabé.
Tengo amigos socialistas que estos días se han dado cuenta que su partido lleva casi nueve años gobernando.
La confesión llega con la prudencia de quien admite un secreto inconfesable o un fallo en el sistema. Y no deja de ser un espectáculo fascinante. Quiero ser buen amigo y les digo que no se preocupen, que tienen todo mi apoyo.
Me han estado dando la matraca estos años que si la ultraderecha, que si el PP, que si la luz, los salarios, la cesta de la compra... Aznar, Franco, Putin...
Yo les dejaba con su charanga. Si así dormían felices, yo también, pero ahora creo que tendría que haber hablado seriamente con ellos. Es lo que los norteamericanos llaman una “intervención”.
Cuando Sánchez convocó elecciones pensaban que se trataba de una ingeniosa ironía. Al descubrir que hablaba en serio fueron conscientes que las decisiones de estos últimos ocho años y pico las ha estado tomando un gobierno socialista.
Tras ese punto de inflexión los más avispados me dijeron que ahora sí, que la situación actual es culpa de la derecha porque Sánchez ya no gobierna. Tuve que explicarles que, a pesar de la disolución de las Cortes, el gobierno socialista mantiene sus funciones intactas y la oposición sigue sin tener responsabilidad alguna en las decisiones tomadas.
Alguno se enfadó saliendo de los grupos de WhatsApp, otros pidieron cambiar de tema y unos pocos, en privado, compartieron conmigo no saber entonces contra quien habían estado luchando estos años.
Schopenhauer observó que pocas cosas cuestan tanto como aceptar una verdad que nos obliga a revisar nuestros propios dogmas. Es comprensible. Descubrir que el molino contra el que se ha estado cargando con tanta épica no era más que la propia sombra del gobierno al que se aplaudía, exige una madurez política que el progresismo no suele cultivar.
Al final, la tragedia de esta izquierda no es que no haya gobernado, sino que ha convertido el ejercicio del poder en una perpetua protesta contra la realidad.
Se puede fingir durante ocho años que se es oposición pero llega un momento en que la comedia se agota, incluso para el más ferviente seguidor.
Es entonces cuando descubrimos que, tras casi una década en el poder, las consecuencias —y los desastres— de cada decisión llevan exactamente la misma firma.
Exigir a un adulto lo que se le pide a un niño —asumir las consecuencias de lo que hace— se ha convertido en el gran tabú del progresismo moderno: la inmadurez como doctrina y la irresponsabilidad como refugio.