Si no es indiscreción

No sé a quién votar

Uno mira al resto de provincias y ve apuestas por perfiles estimulantes; aquí, en cambio, nos recetan a los de siempre. Debe de ser por aquello de no perder la costumbre de cruzarse con los mismos viejos conocidos en cada coctelera de turno.

Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, Ana Pastor y Vicente Vallés, en el debate electoral de julio de 2023.Europa Press

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Dicen que cuando uno es periodista, no saber a quién votar es una bendición profesional. Disculpen si estas líneas desembocan en una suerte de desahogo terapéutico, pero mi psicólogo argentino insiste en que debo poner por escrito lo que siento. Es la primera vez que lo hago en público. He escuchado varias veces en redes a Francisco Miralles defender que una vez a la semana hay que ir a una cafetería, abrir una libreta y dejar fluir los pensamientos. Haré eso para decidir mi voto. Si cuando las elecciones quedaban lejos ya andaba perdido, ahora que las han adelantado, lo estoy todavía más. Cuando Pedro Sánchez anunció la repentina convocatoria, me retrotrajo a aquellos días de colegio en los que el profesor, de pronto, se daba cuenta de que el día del examen era fiesta y lo adelantaba sin piedad. Yo le miraba con resignación y pensaba: «Si lo llevaba mal preparado antes, imagínense ahora».

La diferencia es que aquel movimiento a traición de cambiar la fecha del control pilló a todo la clase a pie cambiado; hoy, sin embargo, el único que parece náufrago en la indecisión soy yo. En las cenas de amigos y en las comidas familiares —esa norma no escrita de no hablar de política en la mesa me parece de la misma mala educación que hacerlo de dinero—, todo el mundo tiene clarísimo su papel en la función. Pero siempre que se calienta el ambiente electoral, los helados del postre se derriten entre alegatos y pronósticos. A mí tampoco me gusta hablar de política; supongo que estamos apañados. No me atrae la idea de recrearme en nuestros gobernantes por la misma razón por la que me aburre hablar de Vinicius y su enfado permanente: en ambos casos, contemplamos a unos privilegiados alejados de la realidad del resto de los mortales.

Tampoco ayudan los candidatos que nos proponen los partidos. Da la sensación de que intentan fichajes de relumbrón —aquella fallida jugada de Pablo Casado intentando seducir a Pablo Isla, ex CEO de Inditex, hasta el punto de que este debió plantearse comprarse una isla para que no le encontraran—. Estar en la palestra ya no resulta atractivo para los mejores referentes de este país. Por eso nos conformamos con lo que hay, y en provincias como la nuestra, la norma se agrava. Me atrevo a decir que las interminables demoras a la hora de anunciar carteles responden al vano intento de dar un golpe de efecto con un nombre sonado que nunca llega. Recuerdo aquellas municipales en las que Ciudadanos quiso fichar para Alicante a alguien con boato y circunstancia, y acabaron recurriendo al clásico «alguien que pasaba por ahí».

Los partidos deberían ponérnoslo un poco más fácil a los irreductibles de la duda. En Alicante sigo echando de menos algún destello de genialidad en los despachos de los aparatos orgánicos, esos lugares donde a veces a uno le traiciona la conciencia. Uno mira al resto de provincias y ve apuestas por perfiles estimulantes; aquí, en cambio, nos recetan a los de siempre. Debe de ser por aquello de no perder la costumbre de cruzarse con los mismos viejos conocidos en cada coctelera de turno.