Retrato de Adriana Marroquín, la alicantina fallecida en el accidente ferroviario de Toledo

Alicante llora la muerte de su vecina tras la tragedia del pasado miércoles.

Adriana, joven alicantina fallecida en el accidente de tren

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Hay vidas que avanzan con la rotundidad impecable de quien sabe exactamente a dónde se dirige, impulsadas por el talento, la disciplina y la serenidad ambiciosa para devorar el futuro. La de Adriana Marroquín Rodríguez, alicantina de 27 años, era de ese corte limpio. Una joven ingeniera industrial afincada en Madrid y con proyección deslumbrante en el sector energético cuya trayectoria ha quedado dramáticamente truncada en las vías de Urda, en el trágico accidente ferroviario de la provincia de Toledo.

Adriana personificaba la excelencia de una generación sobria y capacitada. Natural de Alicante, educada en el rigor de las aulas científicas y con una vocación férrea, encauzaba su talento en la multinacional energética Engie. Pero su expediente académico y profesional solo explicaba una parte de su persona: era profundamente altruista, muy involucrada en las actividades de su colegio, Inmaculada Jesuitas —un centro que hoy llora su muerte—, y cuyo antiguo alumno y alcalde de la ciudad, Luis Barcala, fue de los primeros en hacerse eco de la dolorosa noticia.

Aquel vagón 8 del AVE no presagiaba el desenlace fatal cuando el tren echó a andar. Apenas unas horas después de la colisión, la incertidumbre convirtió la espera de su familia en un calvario penitencial de angustia contenida. Su hermana Alejandra llenó las redes sociales de llamamientos desolados, compartiendo imágenes e invocando oraciones; las mismas súplicas que, apenas a unos kilómetros, estaba lanzando en la misa de la tarde el que escribe estas líneas. Todos teníamos a Adriana y al resto de las víctimas en la cabeza, pero a nuestra paisana mucho más. De hecho, cuando saltó la noticia en pleno templo, era inevitable percatarse de cómo muchos de los allí presentes empezamos a mirar a coro las pantallas de los móviles, buscando con el alma encogida confirmar lo que ya temíamos.

Ella y su familia eran profundamente creyentes, un pilar indestructible que demostraban en su día a día y que se reflejaba en su devoción, invocando con fe milagrosa a San Judas Tadeo y a otros santos en los momentos de prueba. Alicante está rota, sí; pero como bien se respira en su entorno, la familia Marroquín no se quebrará: permanecerá más unida que nunca, sostenida en el recuerdo eterno de Adriana y en esa misma fe que han compartido como un escudo frente al dolor.

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