Alicante
La rebelión de los vecinos de Alicante contra el uso abusivo del mobiliario urbano
La llegada de la inmigración latinoamericana ha hecho proliferar el uso abusivo de los bancos de la ciudad.
Banco público en la ciudad de Alicante
«Tomar la fresca» es una tradición tan arraigada en la memoria colectiva española como los icónicos toldos verdes de los bloques de pisos de los años setenta. Es esa imagen de nuestros mayores sentados en la puerta de sus casas en los pueblos, silla de mimbre en mano, «arreglando el mundo» al caer la tarde. Como buenos mediterráneos, la vida social siempre ha florecido al aire libre: el contacto humano y la conversación son nuestras señas de identidad. Hoy, esa necesidad de encuentro se traslada a las terrazas de los bares, abarrotadas de cuadrillas donde el bullicio y las risas forman el ambiente sonoro habitual de cualquier ciudad.
Del umbral de casa al consumo en la terraza
Sin embargo, el modo en que nos relacionamos en la calle cambió radicalmente a mediados del siglo pasado. Cuando las viviendas eran de baja altura y la acera funcionaba como una prolongación natural del hogar, la vida transcurría a pie de calle. El éxodo rural, la verticalización de las ciudades —con bloques de pisos disputándole el espacio al cielo— y la irrupción masiva del vehículo privado desplazaron a los peatones y ahogaron aquella sociabilidad espontánea.
A este cambio urbano se sumó una metamorfosis en el modelo de consumo. La sociabilidad española transitó progresivamente del disfrute gratuito del espacio público a la mercantilización de la calle. La plaza libre cedió su sitio a la terraza hostelera: hoy, en la España urbana, para sentarse a charlar en la vía pública durante horas parece imprescindible pagar el peaje de una consumición.
El espejo del pasado: el retorno del uso intensivo de la calle
En los últimos años, el incremento de la población de origen latinoamericano ha traído a las calles alicantinas un espejo que recuerda a aquella España de nuestros abuelos. Diversos factores —entre ellos la convivencia de varias generaciones o familias bajo un mismo techo para afrontar los elevados costes de la vivienda, sumados a una concepción cultural donde la plaza es la verdadera «sala de estar» comunitaria— han devuelto a los parques un uso intensivo y gratuito.
Es habitual observar a grupos de jóvenes y familias ocupando los bancos públicos durante horas. Al igual que ocurría en la España rural, en sus países de origen no impera la noción de que para disfrutar de la calle haya que consumir en un establecimiento. Sin embargo, este trasplante cultural a menudo deriva en un uso abusivo y prolongado del mobiliario urbano, acompañado de dinámicas que chocan frontalmente con el descanso vecinal: altavoces con la música a elevados decibelios, conversaciones a voces que se alargan hasta la madrugada y el consumo de alcohol sin licencia.
Malestar en los barrios y presión policial
Esta ocupación permanente ha desatado el malestar de los residentes en arterias y zonas residenciales de Alicante, como el Bulevar del Pla. Lo que tradicionalmente eran entornos de paseo y tranquilidad se han transformado en puntos de fricción constante por el ruido, el incivismo y, en ocasiones, el temor latente a que estos focos atraigan la conflictividad de bandas juveniles.
Ante las reiteradas denuncias por desvelos e inseguridad, la Policía Local y la Policía Nacional han intensificado la vigilancia en estos puntos calientes. Mediante patrullajes preventivos de baja intensidad y la aplicación estricta de las ordenanzas municipales de convivencia, los agentes centran su actuación en frenar el botellón, sancionar la contaminación acústica y garantizar que los bancos públicos vuelvan a ser lo que siempre fueron: un espacio de descanso accesible para todos los vecinos.