Entrevista
El exorcista y obispo luterano afincado en Torrevieja que fue amigo personal del Papa Francisco
Entrevista con el Obispo luterano afincado en Torrevieja, Manuel Acuña, exorcista y amigo personal del Papa Francisco.
El obispo Manuel Acuña
El Obispo Manuel Acuña lleva a sus espaldas el peso y la luz de más de mil exorcismos. Amigo personal de Jorge Mario Bergoglio —con quien compartió hondos momentos de meditación y oración antes de que ocupara la cátedra de San Pedro—, al obispo se le iluminan los ojos con la tibieza de un recuerdo fraternal al nombrar al Papa Francisco. Luterano de confesión, pero de alma ecuménica, Acuña acaba de publicar «Hasta el cuello de Dios», un brillante ensayo sobre la contemplación y la búsqueda de la trascendencia en tiempos de ruido.
¿Qué le lleva a escribir «Hasta el cuello de Dios» en este momento preciso?
La necesidad imperiosa de superar la literatura de autoayuda. Esos libros que hoy abarrotan las estanterías de las librerías me parecen profundamente incompletos.
¿Por qué sostiene que la autoayuda se queda a mitad de camino?
Porque lo apuestan todo a la voluntad humana. Pretenden hacernos creer que el hombre, tomándose a sí mismo como única medida, puede alcanzar la plenitud. Y la voluntad humana, por sí sola, no llega jamás a esa meta. Los anhelos más profundos de nuestro corazón no están escritos en la tierra, sino en el cielo: son la huella directa de la existencia de Dios. Si somos capaces de concebir una felicidad plena, es porque esa felicidad existe. Jesús es el gran referente y la única medida posible. El hombre es un horizonte en movimiento; sin ese horizonte trascendente, nos detenemos y morimos. Quien carece de fe, carece de horizonte. La fe no es un añadido: es lo que completa la vida.
¿Mantiene Dios alguna presencia en la cultura contemporánea o ha sido eclipsado?
Lamentablemente, no. En su lugar reinan las ideologías, que rechazan frontalmente la idea de Dios. Hoy vemos cómo molesta una cruz que lleva cincuenta años en el mismo sitio. No solo estamos negando los principios divinos, sino que los combatimos activamente. Y el gran drama es que toda ideología que prescinde de lo divino termina, tarde o temprano, yendo contra el propio ser humano.
En el prólogo de su obra, el filósofo David Barberá evoca «El peregrino ruso» y describe la paz que transmite el tacto de un rosario de nudos. Es algo que, al leerle, uno mismo cree experimentar...
Es que debemos volver a la experiencia viva de Dios. Lo que usted experimenta al leer esas líneas es la paz del Espíritu Santo. Su presencia no es una idea abstracta, es personal; es Dios abrazándole y diciéndole: «Si me das la oportunidad de ser grande en tu vida, yo haré que tu vida sea grande». De hecho, una de las manifestaciones más rotundas de la divinidad de Jesucristo siguen siendo, precisamente, sus milagros.
El título de su libro es rotundo. ¿Qué significa exactamente estar «hasta el cuello de Dios»?
Significa vaciarse por completo de uno mismo. Vivimos obsesionados con llevar la cuenta de nuestras buenas acciones, como si contabilizáramos méritos. Pero Dios no mira el mérito, mira la gracia. Estar «hasta el cuello de Dios» implica amar sin competir por ver quién hace el bien, dejar el ego a un lado. Es algo tan sencillo y tan hondo como meter la mano en el bolsillo, rozar las cuentas del rosario y dejar que la paz te inunde.