Metrópolis

La adaptación a las condiciones climáticas y a sus corolarios de mayor riesgo, es una necesidad imperiosa.

Vista de la ciudad de ValenciaAYUNTAMIENTO DE VALÈNCIA

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Sin necesidad de recurrir a la Teoría General de la Urbanización (1867), todavía imprescindible, de Ildefonso Cerdá, las grandes ciudades, la metrópolis también, han jugado un papel destacado en la historia y desarrollo del territorio habitado. O del presuntamente habitable en mayor o menor medida.

A la acepción romántica de “ciudad madre” se oponen términos más prosaicos como el de “conurbación”. El modelo, con las variaciones propias de la orografía correspondiente, suele presentar un conjunto más o menos numeroso de núcleos urbanos administrativamente independientes, geográficamente próximos y cercanos en usos y costumbres, con diferencias históricas en cuanto a superficie de sus términos municipales, y no tantas en la actualidad en cuanto a población. Entre ellos siempre existe uno que destaca de forma cualitativa -cuantitativa también, normalmente- al que, en puridad, corresponde cierto liderazgo. Es el caso del “cap i casal” valenciano.

En la literatura académica especializada no faltan conceptos atentos a la estructura socioeconómica del territorio como el de “ciudades región” o “ciudades en red”. Cosa aparte y que, afortunadamente, escapa a la reflexión de esta tribuna son las “mega ciudades” y la difundida y probablemente acertada previsión de que más de la mitad de la población mundial acabará viviendo en grandes ciudades.

El adjetivo metropolitano, antes de referirse al Wanda, se había consolidado para el ferrocarril urbano subterráneo, una suerte de estructura de comunicación que modificó también la morfología de la ciudad. Y en la literatura no especializada, el adjetivo sumaba connotaciones de modernidad, tecnología avanzada y cierto esnobismo. Algo chic que Tom Woolf describió impiadoso en su Hoguera de las vanidades, en 1987. (Y no quiero olvidar la película muda de Fritz Lang, de 1927, titulada precisamente Metrópolis).

Son metrópolis -muchas nada recientes- gran parte de las capitales y las grandes ciudades europeas. Con crecimientos de población y superficie urbanizada vertiginosos, que hacen trascender la tipología, gran número de las urbes principales de Asia y América. Naturalmente la planificación y ordenación del territorio es, si no conjunta, coordinada. Con la maldición a las espaldas de la zonificación como residuo de la Carta de Atenas y las experiencias adversas de “cities” administrativas y ciudades dormitorio, áreas de concentración de actividad lúdica y recreativa o industrial, y una movilidad urbana enloquecida con sus consecuencias en la calidad medioambiental, la adaptación de las metrópolis a las condiciones climáticas y a sus corolarios de mayor riesgo, es una necesidad imperiosa.

Con el antecedente del Gran Bilbao del alcalde Joaquín Zuazogoitia en 1942, y los ojos puestos en Madrid y Barcelona, por acta de 10 de febrero de 1947 se creó la Corporación Administrativa Gran Valencia, de especial protagonismo tras la riada del 57. Del ayuntamiento del Marqués del Turia a Adolfo Rincón de Arellano. La corporación se disolvió en 1986 y tuve ocasión de estudiarla entonces, tanto a efectos académicos como profesionales.

Con más perspectiva y profundidad lo hizo Juan Ramón Selva en su tesis doctoral “29+1. La ordenación urbanística metropolitana de Gran Valencia (1947-1986)” para distinguir entre periodos “funcionalista”, “organicista” y “humanístico” -si se me permite la simplificación- y concluir que frente a la crítica negativa atribuida, cabe reseñar muchos e importantes aciertos.

No faltan voces autorizadas en la CV de la talla del alicantino Alfonso Vegara, o de José María Ezquiaga -a la sazón asesor del Ayuntamiento de Valencia y director de la tesis citada- a cuya reflexión me gustaría invitar a todos ellos. El nombre del órgano no es lo importante. El territorio de esos treinta municipios íntimamente relacionados a los que hace mención la tesis, exige una gestión responsable