Trío de ases en la plaza de Tetuán

En las salas de exposiciones de la Fundación Bancaja conviven 
Sorolla, Eduardo Úrculo y Lita Cabelleut

Dos de las exposiciones que se pueden ver en la Fundación Bancaja

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La tríada, el triduo, el trío -salvo en el póker- gozan del consenso universal de la excelencia. En el podio físico o en el ranking virtual, el primero en el centro o en la primera línea. El as no es sólo el de las barajas. El de espadas o el de copas, el de oros ni el de bastos: ni el de picas o diamantes. Es también el uno en lo suyo, el jefe o el empleado del año, el más listo o el más rápido. O el de ambas cosas a la vez. Y el medio deportivo de PRISA, que resulta de actualidad.

En las salas de exposiciones de la Fundación Bancaja, con sede en el edificio de García Cardona y Gómez Davó de la plaza de Tetuán, conviven un llamativo trío de ases de la pintura. Y es de justicia hacer mención expresa a su máximo responsable, el arquitecto Rafael Alcón Traver.

Cuando éramos estudiantes de arquitectura en el neogótico Palacio de la Exposición de 1909 de Francisco Mora, en el ambiente díscolo y antifranquista se consideraba a Sorolla, D. Joaquín, un carca enaltecedor de la burguesía que se forró en vida. Y los más radicales se atrevían a ironizar con sus azules hasta rebajar su obra a la categoría de lo puramente comercial. La colección de la American Society, que precisamente Bancaja exhibió por primera vez de la mano de Felipe Garín y Facundo Tomás, ni la olían. Lo que molaba era la Warhol Factory, la instalación efímera y la Polaroid. Que no digo yo que no sigan molando.

La cosa es que el maestro valenciano universal más reciente, custodia hoy -o es custodiado por- la obra de Úrculo y Lita Cabellut. Trío de ases. Con Picasso, un cuarteto virtuoso.

Del primero, D. Eduardo, aprendí de mi amigo el escultor Rafael Trénor, las claves -quizás innecesarias- para adentrarme en el disfrute de su pintura. Contemplarla una y otra vez, alargando la vista hacia el cuadro, como si el autor estuviera en carne y hueso, ha sido experiencia frecuente durante largos años en la casa de la calle Navellos. Y qué va a añadir un servidor al primor de lo escrito en el catálogo, ni mucho menos a la emoción de contemplar tanto cuanto con mimo y respeto a partes iguales muestra el seleccionado conjunto que su hijo Yoaan ha reunido temporalmente. El viaje, íntimo viaje, que Alicia Vallina parece haber usado con maestría como esencia y Trénor glosa sin necesidad de explicitarlo, me ha permitido el mío propio -con todas sus connotaciones- de vuelta al pop al que ya había ido.

El profesor José Francisco Ivars me dio in situ las primeras pistas para entrar en el eclecticismo plástico de otra viajera, Dña. Lita. “Vida desgarrando arte” se ha titulado la muestra que revisa la trayectoria de esta artista oscense de nacimiento, criada en Barcelona y recriada en Holanda, que se debe saber de memoria la silla neoplástica de Rietveld así como la casa Schröder. Aunque de lo que sabe, sin duda, es de la libertad, de la vida y la pasión, de la identidad y el poder, que son los ejes de su producción artística. Y de la técnica para reflejarlos sobre lienzo o escultura, fotoexposición, vídeo o performance, según convenga y toque. A través de algo más de un centenar de piezas muy diversas, Eloy Martínez de la Pera, a poqueta llum, ha propuesto un recorrido didáctico que no elude las sorpresas.

No es la primera vez que arriesgo con los comentarios de un simple aficionado, ni tampoco por que celebro el trabajo cultural de la Fundación Bancaja, que ha mantenido el nivel de excelencia en los que han sido los peores años del panorama museístico del arte moderno valenciano. Espléndido el Tapies recién adquirido.

Hago votos para que la nueva directora del IVAM, Blanca de la Torre, restablezca el necesario equilibrio entre lo público y lo privado. Ganaremos los aficionados. Ganará Valencia.