Diana Morant, quien confunde la política con el teatro
El “compromiso con la sanidad pública” parece tener un límite geográfico: empieza en el atril y termina en el juzgado
La ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant.
En el manual no escrito de la política contemporánea existe un capítulo entero dedicado a quienes confunden la tribuna pública con el escenario de un teatrillo. Si lo abrimos por la página de “Diana Morant”, descubrimos una lección ejemplar sobre cómo pasar de la retórica progresista al esperpento mediático en un solo titular.
El pasado 4 de febrero, la ministra tuvo a bien proclamar ante los micrófonos que “tenemos un conseller de Sanidad que se está lucrando con la privatización de la sanidad”. La frase, lanzada con la seguridad teatral del que no teme ni a los hechos ni a los jueces, buscaba un efecto fácil: convertir la sospecha en titular y la injuria en argumento político. Pero las pancartas no sirven como pruebas, y las proclamas morales no sustituyen a la verdad judicial.
La semana pasada, durante la mañana del Jueves Santo, un momento solemne del calendario —y aparentemente incómodo para las agendas ministeriales—, Diana Morant decidió no comparecer en el acto de conciliación por la querella presentada por el conseller. No fue un gesto de valentía, sino de huida elegante: el arte de no dar la cara mientras se proclama superioridad ética. Porque, claro, el “compromiso con la sanidad pública” parece tener un límite geográfico: empieza en el atril y termina en el juzgado.
El gobierno de Pedro Sánchez ha hecho de la confrontación moral su refugio y de la impunidad retórica su método
La ministra podría haber aprovechado la ocasión para defender con firmeza sus palabras, o al menos para mostrar el coraje que tanto predica. En lugar de eso, optó por el silencio, el mismo que suele exigir a los demás cuando se trata de responsabilidades políticas. Es fácil hablar de regeneración democrática cuando uno puede ausentarse de los compromisos legales sin despeinarse.
El caso de Diana Morant no es una anécdota aislada, sino un síntoma: el de un Ejecutivo -el gobierno de Pedro Sánchez- que ha hecho de la confrontación moral su refugio y de la impunidad retórica su método. En ese contexto, la figura de la ministra encaja a la perfección: más pendiente de mantener la bandera de la superioridad moral que de sostener una conducta intachable. Y es precisamente ahí donde la ironía se vuelve trágica: quien se proclama guardiana de la sanidad pública termina erosionando la salud democrática con la misma ligereza con la que lanza una acusación infundada.
Porque más allá del titular y del gesto, lo que se pone en juego es la confianza de los ciudadanos en la palabra de quienes gobiernan. Y esa, ministra Morant, no se compra ni se privatiza: se respeta o se pierde. En el fondo es la síntesis de una política que confunde la indignación con la información, la denuncia con el aplauso partidista y el populismo con la valentía. Mientras tanto, los ciudadanos, que no vivimos en los platós ni en los eslóganes, seguimos buscando políticos que entiendan que la palabra pública pesa más que un tuit viral.
Quizá algún día Diana Morant recuerde que la política no es un sainete, que las acusaciones tienen consecuencias y que, si uno decide sembrar calumnias, luego debe acudir —aunque sea en Jueves Santo— a recoger la cosecha en Sala judicial.