el faro de motes

Luis Motes

Periodista

Vivienda: Valencia, como Guayaquil o Buenos Aires

Valencia ha descubierto, de repente, un poblado de chabolas, una proyección de la playa del Trampolín de Ceuta, como la imagen más cutre de la civilización post sanchista

Chabolismo en Valencia en parte del recinto por el que pasó la Fórmula 1esdiarioCV

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Coincido con María José Catalá: en Valencia es más natural que triunfe la vela que los coches y por eso, y al parecer y con buen criterio, la corporación municipal trabaja con un horizonte en el que el Sailing GP tenga visos de perdurabilidad y con la siempre ilusionante arcadia de recuperar la Copa América. La Fórmula 1 fue para la ciudad un negocio ruinoso y una mala elección donde contaron más los deseos de autopromoción individuales que la evidencia: el automovilismo no desbordaba sus límites más allá de las retransmisiones de Antonio Lobato y los triunfos de Alonso de la época y la carrera no conectó con la ciudadanía.

Este fin de semana nos hemos entretenido con Madring y la carrera madrileña nos ha evocado aquellos tiempos de vino y rosas en la Marina Real Juan Carlos I y es un lugar común comparar el evento que Ayuso ha regalado a los madrileños con la experiencia valenciana. El evento de IFEMA, éxito logístico, ingenieril, social y de repercusión -no tanto en lo deportivo por los resultados y la fisonomía del circuito- le ha parecido un “truño” al ministro Oscar Puente. Se entiende. En general las carreras no les gustan a las izquierdas más aficionadas a las competiciones de salto y altura en el estadio de Ceuta. Y le alabo el gusto a Puente, a mí tampoco me van.

Sin embargo, no es en la comparación entre las competiciones, que en nuestro caso Paco Camps y Rita Barberá alumbraron entre la primera y segunda década de los 2000, lo que debería ocuparnos. En realidad, la el contraste verdadero entre Madrid y Valencia está en la imagen que presentan la recuperación de los descampados de IFEMA con el solar del circuito valenciano. Mientras Madrid ha convertido su F1 en otra palanca de valorización económica y social y, por qué no decirlo, para el fomento de la españolidad, Valencia ofrece sobre el antiguo circuito una suerte de metáfora sobre el problema de la inmigración y la vivienda. Valencia ha descubierto, de repente, un poblado de chabolas, una proyección de la playa del Trampolín de Ceuta, como la imagen más cutre de la civilización post sanchista.

Estos días algunos medios han presentado como gran hallazgo la conversión del antiguo circuito urbano en un asentamiento de 300 chabolas y 800 personas. Hay cierto adanismo en determinadas portadas porque muchos llevan ya tiempo señalando ese escenario y, sobre todo, analizando el problema de la vivienda valenciana. Porque, es la vivienda, estúpidos -parafraseando al asesor de Clinton-. El poblado del circuito es la fase final de procesos que se han vivido en lugares como Buenos Aires o Guayaquil, el colofón a determinadas dinámicas urbanas que sufren en Chile, Argentina o Perú y que obedecen a la materialización de modelos matemáticos predictivos que se llevan a cabo en función de parámetros urbanos. Es decir, se sabía, lo de Valencia se sabía. Y no será porque no nos lo avisaron los que entienden, que no hay que buscarlos muy lejos. Sin ir más lejos, el poblado de Valencia es la fase final de un proceso descrito informe tras informe por la Cátedra Observatorio de la Vivienda Universitat Politécnica de Valencia.

El mecanismo de desplazamiento es sucesivo y ha sido documentado machaconamente hasta la saciedad por la Cátedra desde los últimos 10 años: la falta de obra nueva empuja la demanda hacia la vivienda de segunda mano y el alquiler. En Valencia ciudad, el precio medio del alquiler se ha duplicado ¡en dos años!, según el informe del segundo trimestre de 2026 del citado Observatorio de la Vivienda. Saturado el alquiler, la demanda se traslada a la habitación compartida, hoy ya inasumible para buena parte de los jóvenes y familias vulnerables. Agotada esa vía, resta el último eslabón, y ya estamos ahí: la ocupación informal del espacio urbano que dejó la Fórmula 1 no es un caso aislado, es un desenlace avizorado.

Hoy en día existen tesis doctorales que calculan, a partir de modelos de aprendizaje automático, la evolución de estos fenómenos. Todo indica que el asentamiento de Valencia solo puede crecer y lo hará en los próximos meses si alguien no pone coto. Las soluciones a largo plazo están claras: ponerse a construir ya vivienda asequible sin repetir el error de fondo, diseñarla con los mismos estándares de superficie, aparcamiento y dotaciones que la vivienda libre. Y si pensamos en soluciones a corto plazo, en año electoral y con la polarización existente, la cosa se agrava porque ya hay quien está preparando las barricadas. Lo preocupante no es solo la extrema emergencia habitacional a la que asistimos, sino el riesgo de normalizar la degradación de los barrios donde se consolidan estos asentamientos. Y cuidado, porque cuando lo excepcional deje de sorprender, como en Ceuta, es cuando estaremos -perdonen la expresión- jodidos.