Una meta de excelencia

Es llamativo que el primer campus internacional de una universidad española tenga lugar en China. Pero si me permiten la obviedad: no es de extrañar

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Una semana después de mi apasionada crónica -tal vez autobiográfica en exceso- de la inauguración en Hangzhou del Beihang Valencia Polytechnic Institut, el campus internacional de la Universitat Politécnica de Vàlencia en China, acontecimiento recogido y saludado con detalle por la prensa local y Àpunt, tomo cierta distancia para entender la profundidad del asunto.

Ni va a ser flor de un día ni va a ser azaroso fruto de otro. Un delicado y largo proceso disciplinar y administrativo ha acompañado un procedimiento que naturalmente cuenta con la autorización expresa del Gobierno de España, resuelta respectivamente por los Ministerios de Universidades y Exteriores, y de lo que dio fiel y generoso testimonio el Cónsul General de España en Shanghái Francisco de Asís Benitez en la ceremonia de apertura. Una negociación sustancialmente académica, docente e investigadora, que sin embargo y por razones obvias, no ha carecido de connotaciones externas o transversales. Un gran trabajo -de excelencia- de colaboración entre profesionales de la enseñanza y la investigación universitaria.

Es llamativo que el primer campus internacional de una universidad española (creo no estar equivocado) tenga lugar en China. Pero si me permiten la obviedad: no es de extrañar. China mantiene las formas y exhibe elegancia en su predisposición a establecer lazos de colaboración en lo público y en lo privado, en lo comercial y en lo científico. En lo productivo y en lo especulativo de excelencia.

Lo explica a la perfección el ingeniero industrial y filósofo Salvador Beltrán, autor del libro “China: la receta del prodigio” (Tirant), en su entrevista del diario Levante del pasado 20 de septiembre. Y toca ambos tópicos: educación y economía. Me reafirma en mis impresiones más diletantes.

Me decía en tono coloquial el vicepresidente José Luis Díez, recién venido de allá abriendo nuevos campos de colaboración, que los chinos “han dejado de copiar y ahora ya inventan”. Y por cierto están de visita en estos días interesados por la movilidad ferroviaria en la Comunidad.

Al hecho estadístico del número de solicitudes recibidas para cursar allá el primer año de carrera, muy superior al de las plazas ofertadas, se suma la excelencia de sus antecedentes escolares, el dominio del inglés y una innegable vocación internacionalista que hace a sus actores firmes candidatos de esta aventura académica y augura su éxito. Y se suma -fui testigo de ello- su determinación y su entusiasmo.

El esfuerzo humano de separarse de la familia y de los amigos. La determinación de adaptarse a una cultura distinta. El vértigo del riesgo medido. Esa forma valiente de abandonar el maldito espacio de confort. Todos ellos son valores que muchos identificamos con el “Orgullo UPV” que acuñó magistralmente nuestro vicerrector Josetxo Monserrat.

El reto se inicia con áreas de excelencia en la ingeniería que, sin ser excepción en la UPV, destacan por su reconocimiento internacional. Apuesto personalmente porque ni la arquitectura ni las bellas artes se autoexcluyan de completar la oferta en convocatorias posteriores, ancladas en la innovación de última generación con la que ambas disciplinas se encuentran comprometidas.

Reivindicando una vez más el humanismo científico y el valor cultural del territorio.

Y el reto no termina en Hangzhou, donde el campus de la Universidad de Beihang es un modelo de hábitat ordenado y sostenible que ya da soporte físico a nuestros estudiantes, sino que es susceptible a ser extendido a otras universidades tan prestigiosas como la SUSTech de Shenzhen, en el núcleo de la más alta tecnología contemporánea y en la que no nos falta algún contacto de primera.

La evidente complejidad de la operación de excelencia que ya está en marcha obliga a un ajustado seguimiento ajeno a ruidos extra académicos que eventualmente pudieran escucharse como cantos de sirena.

He repetido conscientemente el término excelencia muchas veces. Algunos ya no nos conformamos con la cultura del esfuerzo.