Como una boda gitana

La prestigiosa Escuela de Arquitectura de Valencia, que fundó Román Jiménez, cumple su sexagésimo aniversario

Foto de familia de la clausura del acto de la Escuela de Arquitectura de Valencia celebrado en el Palacio de la Exposición.

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La Escuela de Arquitectura de Valencia está celebrando su sexagésimo aniversario con el rumbo y profundidad de una boda gitana. Razones para ello no faltan.

El acto central, el pasado día trece, tuvo lugar en el Palacio de la Exposición, obra de D. Francisco Mora, en el que acontecieron los primeros años de carrera, tras la fundación de la Escuela por el arquitecto valenciano Román Jiménez. Heredera de la Academia de BBAA de San Carlos, que entre 1768 y 1846 ejerció la docencia de la arquitectura y expedía los títulos oficiales, nuestra escuela ha adquirido ya una acreditada mayoría de edad. No faltó orgullo ni razón al rector Pepe Capilla para señalar el actual liderazgo nacional e internacional que la prestigia.

Dije y me permito repetir aquí que “hablar del 60 aniversario de una institución a la que he dedicado 58 de mi propia vida puede parecer tarea sencilla. Hacerlo como presidente del CVC y de su unánime decisión de conceder la medalla de honor a la ETSA-UPV me produce, en primer lugar, una gran emoción …”. Porque lo cierto es que todo o casi todo lo aprendí de su fundador, mi maestro Román Jiménez. De mis profesores y de mis propios compañeros. En lo disciplinar y académico, pero también en lo humano. En formas y contenido. Sobre el valor social de la arquitectura y la permanente vocación de servicio a la sociedad a la que nos debemos.

No faltó, anfitrión de entonces y ahora y testigo de excepción, el Ayuntamiento de Valencia, representado por el edil de urbanismo Juan Giner en nombre de la alcaldesa.

Días atrás tuvo lugar la exposición Arquitectos de la primera escuela, generosamente organizada con la colaboración del Colegio Territorial de Arquitectos, que preside el profesor Pablo Peñín, coordinada con su acostumbrado mimo por Javier Cortina con el legado generosamente donado por las familias de maestros como Manuel Portaceli y Rafael Tamarit, Antonio Escario, Emilio Giménez, Alberto Sanchís y el propio Román Jiménez.

Se ha incluido tardeo y paellas tradicionales junto al Toro de Osborne como illo tempore. Y mañana lunes por la tarde se inaugurará en la plaza del Patriarca una instalación efímera -ese legítimo vicio menor de la arquitectura- participada con denuedo e inteligencia por un grupo de aguerridos estudiantes.

En las palabras oficiales de su director Ernesto Fenollosa, de Nuria Matarredona, en los escritos de los catedráticos Ignacio Bosch y Carmen Jordá y en los corrillos compuestos por gran parte de los protagonistas de esas seis décadas que afortunadamente nos siguen acompañando, la responsabilidad de la Escuela de Arquitectura en la construcción de la Valencia moderna, fue motivo de acuerdo y de satisfacción.

Esta vieja disciplina que tantos amamos tanto, enraizada en la tierra y con la mirada en el firmamento, armada con los principios vitruvianos de utilidad, solidez y belleza, es hoy como siempre, activa depositaria de su deber social comprometida con el medio ambiente y el bienestar público.

Por lo que invito a no desfallecer en esa pasión por la arquitectura, por su función social, constructiva y estética en la práctica de la excelencia docente e investigadora en la que tuvimos el privilegio de formarnos la generación a la que pertenezco. Con la tradición y la innovación permanente como sus pilares más sólidos. Y en el compromiso irrenunciable con la sociedad valenciana que hace sesenta años apostó por su creación.

Todo un acontecimiento. Y por todo lo alto, como una boda gitana.