El Atlético cae eliminado del Mundial de Clubes a la manera única del Atlético
Los rojiblancos solo pudieron ganar al Botafogo 1-0 en un partido en el que mostraron al mundo todo el legado de la entidad: el árbitro fatal, cero fútbol, uy pero no, aspavientos y una nueva norma que les manda a casa
El Atlético de Simeone se despidió del Mundial de Clubes
Adiós al Mundial de Clubes. Para el Atlético, el primer torneo mundial de equipos de la FIFA ha sido un suspiro. El trastazo soberano ante el PSG de la primera jornada, ese 4-0 que fue como cuatro lanzadas en las costillas, condena al conjunto madrileño, que hace ya las maletas para volverse a la capital de España tras no superar la primera fase del torneo. Necesitaba ganar por tres goles al Botafogo (si el PSG no derrotaba al Seattle Sounders, cosa que obviamente no pasó) y un solitario gol de Griezmann (1-0) fue todo lo que se llevó al zurrón. Bye, USA.
El encuentro mostró al mundo además todas las señas de identidad del Atlético. Un club acostumbrado a buscar siempre lo positivo ante la adversidad, de un club al que llaman Pupas por algo. Para empezar, porque salió tan falto de tensión a un partido trascendental que por poco el Botafogo, que fue fundado como un club de remo, se lo atraganta desde el principio. Oblak, el mejor rojiblanco del encuentro, al menos dejó el suspense hasta el final con un ramillete de intervenciones salvadoras, las primeras en el tramo inicial del encuentro.
El segundo signo de identidad es que la culpa, siempre, es del árbitro. Pase lo que pase. Esos señores con silbato son la némesis atlética, en su ideario. Julián Álvarez, que en la primera parte anduvo con el pilotito verde luciendo sobre su cabeza, reclamó hasta tres penaltis en el área del equipo brasileño, uno de ellos hasta revisado por un VAR que determinó que antes hubo falta previa de Sorloth que invalidaba la clara falta sobre el argentino.
Eso daba igual. Simeone se lanzó a por el colegiado del partido, el mexicano César Arturo Ramos, en el descanso. Gesticulaba mucho. Hacía muchos aspavientos. En el imaginario colectivo de los que no son fans del Atlético, la única virtud que tiene el técnico argentino: su facilidad para mover las manos y pegar alaridos. Esos aspavientos también son santo y seña del club, al menos en tiempos recientes. Igual que la rajada de Correa contra el mexicano al descanso. La culpa siempre es de otro, del de siempre.
El Atlético tenía que ganar 3-0, pero era incapaz de desenmarañar el entramado defensivo del campeón brasileño. Las poquitas que tenía eran ocasiones perdidas, porque Sorloth estuvo muy desacertado. Hasta que Griezmann, en el 87', abrió la lata. Otro signo distintivo del Atlético: cuando todo parece perdido, algo parece que se abre para que la afición se venga arriba. Pero acostumbra a ser para nada. Así fue. Sin un ataque fluido, sin conexiones ofensivas que funcionen, el recurso del centro a la olla o del destello individual son las únicas salidas de los atléticos. Y así, claro, el segundo tanto ni se aproximó en el imaginario rojiblanco. Sin jugar al fútbol, complicado.
A los rojiblancos les quedará también el regusto agridulce de que marcó Griezmann, después de no se sabe cuántos millones de meses sin hacerlo (19 partidos le ha costado). La gran estrella rojiblanca, un jugador excepcional, anda sorbiendo las últimas bocanadas de la cachimba de su exitosa carrera, y al menos el consuelo del tanto que hizo creer a los que nunca dejan de creer reconfortará a parte de la parroquia del Metropolitano. Pero en Madrid, que el Mundial se acabó para ellos. Sí. Por una nueva norma en los triples empates que fue lo que le mandó a casa. Puritito Atlético.