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Valencia 1 – 2 Real Madrid: El Madrid asalta un infierno

Ganar así, a un rival durísimo, que lo dio todo y te exigió el cien por cien, sabe mucho mejor. Y si encima te da el liderato en solitario...

| Miguel Queipo Deportes

El Madrid sobrevivió al infierno y selló un triunfo de categoría, derrotando al Valencia (1-2) gracias a dos tantos en los cinco últimos minutos de encuentro y tras tener que sobreponerse a un rival magnífico, que le obligó a darlo todo sobre el verde para poder atar los tres puntos. Fue un partidazo, de los que hacen afición, en LaLiga y no en la Superliga. Los goles de Vinicius y Benzema, en lo que parecía un encuentro que se le iba de las manos al club blanco, sellan el liderato de los de Ancelotti.

Si alguien esperaba un partido similar a una cena a la luz de las velas, de esas plácidas y con final feliz, es que desconoce que esto es LaLiga y que, además de rivalidades históricas como la que mantienen Valencia y Real Madrid, hay magníficos entrenadores capaces de coger a un grupo de paseantes y convertirlos en máquinas de dejarse el alma en la conquista de cada brizna de césped.

La metamorfosis que le ha pegado Bordalás al equipo de la Avenida de Suecia ha sido digna de estudio. En cinco partidos ha logrado que el cadáver de la temporada pasada goce de buena salud. No estaba muerto, no, no, estaba de parranda.

Ancelotti lo dijo en la previa y mantuvo su palabra: este Madrid no le da para rotar gran cosa. Así que hay lo que hay. Los mismo que ante el Inter cambiando a Lucas Vázquez para meter a Hazard. El italiano no se fía aún de Miguel Gutiérrez en los partidos grandes y su once está más que definido, más aún si no está Bale disponible. Con esos mimbres salió el Madrid a Mestalla y con ese armamento se dispuso a tomar las Playas de Normandía. Porque igual que ya hizo en el Getafe, este Valencia es más duro de roer que la armadura de Ironman.

El Valencia se sobrepuso a la ausencia de última hora de su capitán Gayá, de la lesión a los quince minutos de su segundo capitán, Carlos Soler, y de la dolencia que mandó al vestuario a Thierry Correia antes de los veinticinco. Tres golpes en el mentón que hubieran tumbado al púgil con la mandíbula más rocosa a este lado del Himalaya. Pero que no fue más que una anécdota en el libreto de Bordalás.

El Valencia mordía, atosigaba al Madrid (que también perdió por lesión a Carvajal), no le dejaba controlar el ritmo de juego. No pasaba gran cosa sobre le campo, quizás un posible penalti de Guillamón sobre Vinícius que parecía clarísimo en todas las tomas salvo en una que dejaba muchas dudas, o un casi remate de Hugo Duro.

Aquello era calar la bayoneta, salir de la trinchera e intentar sobrevivir en la selva. Un remate de Casemiro a los 32 minutos fue el primer disparo entre los tres palos del encuentro, fácil para Mamardashvili. Y el Valencia no probó los guantes de Courtois hasta la prolongación del primer acto, cabezazo franco de Gabriel Paulista que salió demasiado centrado. No había ocasiones, pero era un partidazo: tenso, peleado, competido. Fútbol. Del de siempre.

El Madrid, que estaba peleando todo y dejando una muy buena imagen pese al 0-0, salió del vestuario como si le hubieran hecho una lavativa. De repente, el equipo vigoroso del primer acto apareció atenazado. El Valencia, en un primer cuarto de hora tremendo, embotelló a los de Ancelotti en su área y dispuso de dos ocasiones clarísimas, una de Hugo Duro y otra de Guedes, que no fueron gol de milagro.

Los de Ancelotti, con el italiano aterido y sin hacer cambios, lograron sacudirse algo la presión durante cinco minutos, el único par de minutos que pudo burlar la marca de un implacable Foulquier, pero cuando el partido se igualaba, un error defensivo blanco provocó el 1-0.

Lucas Vázquez, sustituto de Carvajal se fue a por Maxi, solo por un error de marca de Militâo, en un balón valencianista que iba a ninguna parte. Fuera de sitio, perdió de vista el balón, éste le rebotó en la cabeza y habilitó a Hugo Duro, que era precisamente su par y al que tampoco siguió Valverde: el excastillista, la cuña de la misma madera de toda la vida, fusiló a Courtois y convirtió aquello en Dunquerque, sálvese quien pueda.

Camavinga y Rodrygo al rescate, como en el Meazza el miércoles. Y los de color enfermero (menudo espanto de uniforme) dieron un paso al frente, porque no quedaba otra. Sobre todo porque el brasileño tiene cara de niño, pero lleva un estilete escondido en alguna parte y te destripa a la que te descuidas. Dos ocasiones consecutivas del muchacho brasileño sin tanta buena prensa, justo tras un remate de Benzema al pecho de Mamardaschvili y otro desde fuera del área que detuvo el meta georgiano.

Llegó entonces una de las grandes lagunas del fútbol pandémico. Eso de meter los cambios en ventanas para no perder tanto tiempo. No se perdería tiempo si salen y entran todos a la vez, pero como entran y salen de uno en uno, aquello parece la caja de Zara un sábado por la tarde, me dejé perilla con tirabuzones aprovechando el momento.

El partido, con el Madrid absolutamente desatado, solo defensas, pocos, y delanteros, a cascoporro, no estaba muerto, y lo demostró en los últimos cinco minutos. Como tampoco lo estaba el Valencia antes de empezar esta temporada. Vinícius marcó uno de sus goles clásicos, un remate que iba fuera pero que Foulquier se metió en su portería. Y Benzema aprovechó una indecisión de la zaga ché justo después, con la fe inquebrantable del escudo madridista cegando al rival, (y especialmente a Mamardashvili, todo hay que decirlo) para hacer el 1-2 y sellar un triunfo que sabe a gloria.

Ganar así, a un rival durísimo, que lo dio todo y te exigió el cien por cien, sabe mucho mejor. Y si encima te da el liderato en solitario, no, no fue una cena a la luz de las velas, sino un kebab guarrindongo en una esquina. Pero con final feliz, y eso es lo que cuenta.