El milagro sueco y la vía andaluza: cuando la libertad rescata el bienestar
Cada vez que la izquierda española dice "hagamos como Suecia", tiene razón. El problema es que no sabe lo que Suecia ha hecho. Esta semana, un artículo de The Wall Street Journal se ha encargado de recordarlo
El presidente de la Junta, Juanma Moreno, en el acto institucional del Día de la Empresa en Andalucía
Durante décadas, la izquierda española usaba el ejemplo sueco como argumento definitivo del bienestar. Cada debate sobre impuestos, sanidad o educación siempre terminaba con una apelación a “mirar el modelo nórdico”. El problema es que ese modelo, que tanto se añora desde la izquierda, lleva treinta años siendo otro. Esta semana ha sido The Wall Street Journal quien lo ha vuelto a poner negro sobre blanco.
Lo que vino después no fue más Estado: fue una reforma estructural sin precedentes en Europa occidental. Se eliminaron el impuesto de patrimonio y de sucesiones. El tipo marginal máximo del IRPF bajó de casi el 90% a cerca del 50%. El gasto social, que superaba el 30% del PIB, ha caído hoy al 24%, un nivel comparable al de Estados Unidos y muy por debajo del 30% de Francia, Italia o España. El resultado no fue el desastre que auguraban los defensores del estatismo. El resultado fueron Spotify, Skype y otros ganadores globales. El resultado fue una economía que el FMI prevé que crezca en torno al 2% anual durante los próximos años, mientras sus vecinos permanecen estancados.
Los suecos comprendieron que un Estado que lo gestiona todo, desde “la cuna hasta la tumba”, termina asfixiando la innovación y genera una deuda impagable.
Conviene, desde la honestidad, decir que el punto de partida sueco y andaluz no es el mismo. Suecia hizo sus reformas desde una posición de fortaleza institucional. Un Estado que, pese a su tamaño, había funcionado con relativa eficacia y baja corrupción. Evidentemente este no es el mismo punto de partida andaluz.
Andalucía, salvando las distancias geográficas, vivió un proceso paralelo de asfixia durante los casi 40 años socialistas. El modelo del PSOE andaluz perpetuó a la región en el “vagón de cola” de España en educación, sanidad y casi cualquier indicador de bienestar que usaras, con una administración hipertrofiada, redes clientelares y una presión fiscal que expulsaba el talento más allá de sus fronteras geográficas. Al igual que la Suecia de los años 80, Andalucía era el ejemplo de cómo el intervencionismo extremo solo garantizaba la distribución de la pobreza.
En 2018 Andalucía comenzó un cambio de rumbo que ya ha aplicado seis rebajas fiscales consecutivas. La supresión efectiva del Impuesto de Sucesiones y la bonificación del Patrimonio han convertido a Andalucía en una región mucho más competitiva fiscalmente y la han puesto en el foco de la inversión internacional, como demuestra Málaga. El resultado ha sido contraintuitivo para quienes esperaban un hundimiento recaudatorio: han subido los contribuyentes, se ha multiplicado la actividad y, en consecuencia, se ha incrementado la recaudación bajando los impuestos.
La curva de Laffer, que en los libros de texto suena a algo teórico, en Andalucía ha demostrado ser una evidencia empírica.
Suecia ha demostrado que reducir el tamaño del Estado no destruye el bienestar: lo hace más sostenible. Que bajar impuestos no empobrece a los ciudadanos: puede enriquecerlos si se hace con rigor. Que la gestión privada de servicios públicos no es una traición ideológica: es, en muchos casos, la única forma de mantenerlos con calidad.
Andalucía no es Suecia, ni lo será en una legislatura. Pero la dirección que ha tomado desde 2018 es coherente con lo que el país nórdico tardó una década en aprender: que el mejor servicio público no es necesariamente el que más cuesta, sino el que mejor funciona. Y que defender eso no es abandonar el bienestar. Es tomárselo en serio.