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España no debe admitir en sus Selecciones a deportistas que defienden delitos

Estiarte es el último deportista que, tras recibir todo de España, se suma al independentismo desde el desprecio. Guardiola, Xavi o Piqué, otros ejemplos que no se deben admitir más.

España no debe admitir en sus Selecciones a deportistas que defienden delitos

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Que el deportista que más veces ha representado a España en la historia en grandes eventos se presente ahora como independentista y luzca un lazo amarillo denigrante, pues presenta la aplicación de la justicia en un abuso represivo, es una estafa que ante todo deja mal al protagonista pero también obliga a reflexionar a las autoridades deportivas e institucionales españolas.

Porque Manel Estiarte, internacional durante 23 años, miembro de la delegación española en seis Olimpiadas y abanderado en una de ellas, premio Príncipe de Asturias e icono de todo ello no puede ahora rubricar el despectivo mensaje de Guardiola, un altavoz de las peores insidias del separatismo, y que no se imponga a continuación una profunda autocrítica y la inmediata adopción de medidas.

Se puede ser independentista, siempre y cuando se encauce esa aspiración en los procedimientos democráticos y jurídicos perfectamente descritos en la Constitución e inherentes a un Estado de Derecho democrático; pero no se puede representar a un país al que se quiere abandonar sin incurrir con ello en un fraude que refleja la tibieza de valores de quien lo comete, su ramplona hipocresía y el el bochornoso utilitarismo de una ocupación que debe ser emocional.

El célebre waterpolista, como Guardiola, Piqué o Xavi Hernández; escondieron esos sentimientos para garantizarse el beneficio económico y personal que les reportaba pertenecer y competir en nombre de un país que, en consecuencia, les tenía por respetables representantes de un sentir colectivo a menudo encauzado en el deporte.

Todos estos jugadores no deberían jugar con España: por principios de ellos o, si no los tienen, por decisión de las autoridades

La Selección Española, en cualquier modalidad, no es un equipo más y para formar parte de ella es requisito indispensable querer y respetar lo que representa. Cuando se carece de esos sentimiento, lo digno es renunciar a la participación, y no recubrirla de falacias y excusas sobre el compromiso con los compañeros o el rendimiento profesional, pues aun siendo eso cierto sigue traicionado la base primigenia de todo.

Un desprecio

No se puede jugar con España sin querer a España, pues ello malversa la primera de las razones de ser de los equipos nacionales y de los eventos en los que participa: identificar a un país que compite con otros impulsados todos por un sentimiento exclusivo de cada uno de ellos y en nombre de sus paisanos. Se puede no entender y no compartir, pero no se puede despreciar.

En realidad, los Piqué, Guardiola o Estiarte se han aprovechado precisamente de eso para disfrutar de acontecimientos que de otro modo no hubieran conocido; para mejorar sus ingresos comerciales; para elevar su fama y prestigio y, en definitiva, para extraer lo mejor de un país en el que no creían y al que además, al menos ahora, desprecian y mancillan ante medio mundo.

Pero si su comportamiento es execrable y ofensivo, el de los estamentos deportivos no merece tampoco aplausos. Porque es imposible que jugadores como los aludidos respeten lo sustantivo de representar a un país si las autoridades no defienden la naturaleza innegociable de todo ello y suscriben que, por encima de méritos deportivos, han de estar los valores inherentes a una competición internacional en nombre de todo un país.

No se puede competir por un país en el que no se cree y al que se denigra sólo para aprovecharse de él y luego despreciarlo

Los propios deportistas lo reconocen al defender la existencia de Selecciones independentistas, pues si sólo se tratara de una cuestión deportiva les daría igual que prosperara o no su insistente exigencia identitaria. ¿Acaso es crucial el combinado nacional propio de Cataluña, como síntesis de una aspiración nacionalista, pero en el caso de España esa misma naturaleza emocional ha de quedar sepultada, escondida, minusvalorada o ejercida por quienes no la sienten?

La actitud de Guardiola o Estiarte es un desprecio que se han permitido exponer, con rotundidad, cuando sus carreras deportivas estaban terminadas, lo que añade un deplorable ventajismo a su cinismo proverbial. Pero las de otros deportistas, como Piqué, siguen vigentes.

Una incompatibilidad

Y si bien es respetable su ideología en favor de la independencia, es también incompatible con representar a España en ningún sitio. Tolerarlo, desde las instancias oportunas, degrada el significado de la Selección y menosprecia al país al que se debe y a quienes lo conforman.

Y ya va siendo hora de hacerse valer un poco. Mostrar deportivamente un sentimiento nacional y dar por hecho que quienes lo encarnan no están actuando o beneficiándose, es propio de una Nación respetuosa consigo misma. Bastaría con preguntarle a los españoles si quieren en sus equipos nacionales o no a deportistas de indudable talla deportiva pero ínfimo compromiso con los colores. La respuesta será negativa, sin la menor duda, lo que en sí mismo ha de ser considerado un mandato para la Federación. Lo sorprendente es que nadie lo exija, sin aspavientos pero también sin complejos.

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