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Dublín estalla ante la inmigración musulmana: un problema real

Calificar de ultras a los ciudadanos que protestan, en este caso contra la inmigración irregular, es tan simplista como afirmar que todos los inmigrantes irregulares son delincuentes

Disturbios en Dublín

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Un ciudadano supuestamente inmigrante de origen argelino apuñaló este jueves de gravedad a cinco personas en Dublín, entre ellos tres niños, lo que provocó una oleada de graves disturbios en la ciudad por parte de manifestantes hartos de la inmigración ilegal, de manera especial la de religión musulmana. Inmediatamente, muchos medios y diversos políticos se han apresurado a calificar a esos ciudadanos como ultras de extrema derecha.

Se trata de una simplificación muy recurrente cuando las protestas se elevan contra políticas que se han impuesto bajo el calificativo de “progresistas” y que han asumido, muchas veces por miedo a rebatirlas, partidos de ideología conservadora.

Es evidente que no se puede justificar el uso de la violencia, siempre rechazable, lo que no quita para que el análisis de los hechos se quede en la mera condena de esa violencia sin ir al fondo del asunto. Calificar de ultras de extrema derecha a los ciudadanos que protestan, en este caso contra la inmigración irregular, es tan simplista e injusto como afirmar que todos los inmigrantes irregulares son delincuentes.

Europa está reaccionando ante la inmigración irregular de religión musulmana. Es un hecho, guste o no. Y lo está haciendo porque la ideología (mal llamada) progresista sobre este asunto ha llegado a un punto de imposición e incongruencia que desborda la paciencia de muchos ciudadanos. No es políticamente correcto siquiera llamar inmigrante a las personas extranjeras que vienen a España a hacer aquí su vida.

Asistimos a movimientos feministas que ponen bajo sospecha a todos los hombres y condenan los piropos como graves atentados machistas, pero que aceptan sin la menor queja que entren en Europa miles y miles de individuos varones que, por sus convicciones religiosas, consideran que la mujer es un ser inferior e impuro y que debe estar sometida al hombre. En algunas ciudades europeas se ven con normalidad burkas, cárceles textiles, que encierran a indefensas mujeres musulmanas. Sin embargo, denunciar esto convierte al que lo hace en un peligroso ultraderechista.

No se acepta tampoco que se ponga sobre la mesa el hecho de que muchos de estos inmigrantes musulmanes no se integran en las sociedades europeas porque sencillamente no comparten sus valores. Ni creen en la democracia ni en la libertad de culto ni en la igualdad entre hombres y mujeres.

Hay barrios enteros en muchas ciudades europeas tomados por musulmanes que los han convertido en guetos donde ni siquiera la policía actúa con normalidad. Mientras tanto se tilda de reaccionarios y ultras a políticos que lo denuncian, como Meloni, Abascal o Wilders, y a sus millones de seguidores.

Pero al final la realidad se impone y los ciudadanos acaban actuando en función de lo que ven sus ojos, no según lo que les dicen los políticos y medios de comunicación progresistas. Lo que ocurre es que, a veces, esas formas de actuar son fruto de una presión contenida que revienta de forma espontánea en forma de brotes de violencia, como en Dublín. Por eso es mejor canalizar el descontento desde la política antes que el problema se nos vaya de las manos definitivamente.

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