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La Madrastra mecánica

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La Madrastra y la bruja del cuento, con un Rey fugado y los bufones de una corte imaginaria. Forcadell simboliza los males de un virus agresivo que sólo se mitiga con jarabe constitucional.

 

 

Forcadell es la Madrastra del cuento, la bruja que mira al espejo odiando a Blancanieves, esa facha, para preguntarse siempre “Espejito espejito, ¿quién es la más secesionista?”. Pero también es la más notable víctima de un inesperado y brutal acceso de colitis, que le llevó a hacerse de Constitución encima delante de un juez a cambio de una fianza de casi 155 mil euros.

La foto que entrega Mari Carmen, la misma tipa que prometía no dar “ni un paso atrás” como si fuera un general ruso amenazando a sus tropas con un tiro si no resistían en Stalingrado, es formidable, mucho más que el gustazo que tantos querían darse viéndola hasta el juicio en Alcalá-Meco, una cárcel dotada de un economato con remedios para casi todo menos para la tontería.

El soberanismo se hermana con el populismo en su elitismo y en la frivolidad con que trata la maldad

Porque en su canguelo, su cangueli, se resume el espíritu más siniestro de los líderes del secesionismo, una recua de niños bien, de revolucionarios enmoquetados de 8 a 3 con sueldo público y cita diaria en el sushi de moda en Las Ramblas: ellos achuchan a la chusma, a los yonquis más analfabetos del procés, para hacer barricadas de caspa frente al AVE, atisbando desde un despacho con calefacción los estragos sin padecerlos.

Que se vayan las empresas, que nosotros no perdemos la nómina. Que se criminalice el español en las aulas, que nosotros llevamos a los chicos al Colegio Alemán. Que se hunda Cataluña, que nosotros tenemos Andorra. Que peguen un porrazo a una vieja engañada, que nosotros estamos en el vermú. 

La falta de consecuencias personales ha sido decisiva en la creación, mantenimiento y potenciación del independentismo vertical, ese movimiento de arriba abajo que contradice la génesis de cualquier revolución y convierte a los cabecillas en unos mafiosos enviando a los más tontos y a los más pobres a perpetrar los crímenes por ellos, que se les corre el rímel.

Fuga y renuncia

Como no pagaban nada, podían permitírselo todo, impulsados por esa cínica y realista reflexión de Hipócrates, que siempre decía que la guerra es la mejor escuela para el cirujano: no necesita disparar para tener clientes, y soldados nunca faltan.

Hasta ahora, que la lenta Justicia y el Estado de Derecho, que nunca pierde pese a los nervios e impaciencia que genera, les ha puesto en su sitio: Puigdemont fugado, Junqueras en Estremera y Forcadell rompiendo el espejito y abonándose al Real Madrid con tal de no pasar dos noches con las quinquis de mi pueblo.

El secesionismo se hermana con el populismo en su carácter elitista y en la frivolización de las maldades por la certeza de que nunca se sufrirán pero quedan chulas como estampado de una camiseta: Monedero o Garzón aplauden a Lenin o a Fidel porque cuentan con no pasar por un Gulag ni amanecer con una estaca en el culo por leer poesía; y Puigdemont o Junqueras juegan a las casitas porque dan por hecho que jamás dormirán a la intemperie.

 

 

La Madrastra es una bruja, su Rey un sinvergüenza y los bufones siempre harán el payaso. Jarabe de palo constitucional

 

En ‘La Naranja mecánica’, Kubrick remata la película con una enmienda a la totalidad del ser humano, eligiendo a Heráclito sobre Parménides para concluir que la si la naturaleza es vil, esa vileza es inmutable. El cineasta rodó la película tras leer la versión americana del libro en que se inspiraba, de Anthony Burgess, capado de su último capítulo, el número 21.

En éste, la pandilla de Álex y de El Lerdo –sería el tonto del AVE, para que nos entendamos- se redimen de algún modo, maduran y dejan de encontrar en la violencia extrema, que eso es el independentismo en una Europa civilizada, un estímulo para vivir.

El mal nunca se cura

Kubrick aseguró, al enterarse del disgusto del novelista, que desconocía la existencia de ese epílogo y que por eso grabó un final tan incómodo como coherente con el conjunto de la historia. Algo incomprensible en uno de los artistas más minuciosos en su sector, un perfeccionista dispuesto a rodar cada plano con una simetría matemática entre todos sus componentes y capaz de llevar sus obsesiones hasta extremos geniales: él quería a toda costa que el ordenador protagonista de ‘2001: Odisea en el Espacio’ fuera un IBM, pero se encontró con la oposición frontal de la empresa, asustada por la mala imagen que le daría unir su marca a uno de los malos más inquietantes de la pantalla. Stanley lanzó a la fama llamando HAL al computador. Cada letra anterior a las tres originales de la firma informática.

No cambió el final que quería porque sabía, simplemente, que determinadas personas, ideologías y actitudes no cambian, sólo se esconden a la espera de un momento mejor, agazapadas pero no muertas. Tras cuarenta años de venenoso independentismo, España ya ha hecho el Burgess suficiente y ahora que se ha puesto tan Kubrick es de esperar que haya aprendido bien la lección: la Madrastra es una bruja, su Rey un sinvergüenza y los bufones de la corte nunca dejarán de hacer el payaso mecánico.

Están cegados por un resplandor y con ellos sólo funciona la chaqueta metálica. O el jarabe de palo constitucional.

 

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