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Podemos ante el abismo: el imposible recambio de Iglesias tras años de purgas

La imputación del partido morado como persona jurídica y de los principales colaboradores de su líder ha sumido en el vértigo a la formación. Detrás de él hay un páramo. Una masa acrítica.

Errejón-Iglesias: el tándem y que hizo grande a Podemos antes de la ruptura total.

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"La militancia de Podemos debería actuar y decir basta ya. No puede pasar ni un minuto más con gente investigada dirigiendo el partido. Urge un cambio de dirección. Por la salud democrática de este gran país que es España y de las instituciones que algunos quieren destruir".

Esta idea recogida en este tuit que el jueves publicó el exabogado de Podemos, José María Calvente -el mismo que ha puesto patas arriba a la formación morada tras destapar su oscuro funcionamiento interno- es compartida en estas horas convulsas por muchos dirigentes del partido. Que callan en público. Por razones obvias.

Estos mismos dirigentes defienden que la actual dirección dé un paso al lado y una gestora se encarge de la transición, al menos hasta que el juez Juan José Escalonilla y el magistrado Manuel García Castellón finalicen sus instrucciones de los casos Calvente y Dina.

Pero, ¿Qué dirigente con peso, prestigio y ascendencia sobre la militancia podría asumir este papel de hombre neutral? De la fotografía de los cinco magníficos que diseñaron Podemos, Luis Alegre, Carolina Bescansa, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, sólamemente este último permanece en el partido.

La mejor metáfora del abismo que hay entre el ahora vicepresidente y las bases del partido. Tampoco hay nada en la estructura autonómica copada por media docena de gestoras que dirigen las federaciones tras hundimientos electorales, purgas internas o, en varios casos, batallas cruzadas entre dirigentes en los tribunales.

Esta es la mejor y más fidedigna palabra que resume lo que muchos en Podemos piensan: la imputación ha abierto un "abismo" tras años de una verdadera escabechina a manos de Iglesias y sus peones. Purgas, juego sucio, maniobras y venganzas. "Una auténtica limpieza étnica", en palabras de un exdiputado morado a ESdiario. Emigrado al Más País de Errejón.

De los "cinco magníficos" de Podemos -Alegre, Bescansa, Monedero, Iglesias y Errejón- solamente ha sobrevido el vicepresidente.

"En Podemos hace ya varios años que se impuso un régimen de terror que ha acabado por echar del partido a quien tenía una opinión distinta a la de la dirección". Con el conocimiento del propio Iglesias, los ejecutores de esa escabechina que ha dejado al partido sin una alternativa viable al actual líder son citados de forma unánime por las víctimas de la depuración.

Son los Pablo Echenique, Rafa Mayoral, Juanma del Olmo, Noelia Vera, Ione Belarra y Alberto Rodríguez. La guardia de corps de la pareja dirigente que forman Iglesias e Irene Montero y que están en el ojo del huracán de las acusaciones de Calvente. El puñado de dirigentes que campaba a sus anchas en la recien abandonada sede nacional de la madrileña calle Princesa.

Ahora, con la cúpula investigada y los círculos desarticulados, algunos han mirado a las autonomías. Otro páramo. El que despuntó como barón de barones, el manchego José García Molina, dimitió tras ser barrido del escenario político en las últimas elecciones autonómicas. Otro de los más activos, el vasco Lander Martínez, dimitió harto de las zancadillas y la guerra sucia de Iglesias.

En Andalucía, Teresa Rodríguez hace meses decidió escindirse junto a los Anticapitalistas de otros dos referentes antiguos en Podemos: Miguel Urbán y José María González Kichi. Y en Cataluña, hace tiempo que Echenique dinamitó Podem y ahora Iglesias es rehén de los Comunes de Ada Colau y Jaume Asens.

"Podemos es una gran escenario de cartón piedra como en esos rodajes de las grandes superproducciones", enfatiza el exdiputado arriba citado. "Entre Iglesias, Montero y sus amigos y el último votante hay el vacío absoluto", remacha. Y de ese vacío debería salir alguien que se atreva a decirle al vicepresidente segundo del Gobierno "que se vaya a su casa".

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