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La bandera de quita y pon y el hijo pródigo del PP

Cada día tiene su afán, y nuestro director enfoca su cámara sobre las noticias y personas que han llamado su atención. Para bien o para mal.

Momento en el que un operario retira la bandera española.

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Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras. La foto, este miércoles, del funcionario retirando la bandera de España para que el presidente catalán compareciera únicamente con la senyera es demoledora. Sobre todo para Pedro Sánchez. Ha sido el presidente quien ha regalado esa cumbre bilateral a los separatistas, como si de Estado a Estado fuera, por ganar unos meses más en La Moncloa.

Las cosas han llegado a un punto que dan pena. Sin duda. A Sánchez y sus socios ya sólo les queda mentar cada vez más la bicha para mantenerse juntos, pese a la distancia sideral que media entre sus electorados clásicos. La bicha, por supuesto, es que vienen PP y Vox. Tienen pavor a que gobiernen.

Socialistas, morados, comunistas, independentistas de variado pelaje, bilduetarras y hasta nacionalistas de derechas como el PNV así lo muestran sin disimulo. No tienen proyecto alguno de futuro salvo oponerse a lo que ellos, despectivamente, llaman "las derechas".

A Sánchez, claro, esto le va muy bien. Al menos en la carrera cortoplacista en la que está instalado para llegar vivo como sea hasta 2023.

La coalición Frankenstein que le permitió llegar al poder tras la moción de censura a Mariano Rajoy se robustece por el miedo que todos tienen a dejar de "tocar poder" si se abren las urnas y Pablo Casado, con el apoyo de Santi Abascal, obtiene la mayoría absoluta.

Así que no importa que unos digan que abrazan la Constitución y los demás deseen acabar con ella. O que una parte conviva con el Rey mientras los costaleros que lo llevan de procesión queman sus fotos. El odio a "las derechas" es potentísimo. El "no pasarán" reinventado casi 100 años después.

Pero esta amalgama ideológica tan dispar lleva emparejado el grave problema de ir diluyendo paulatinamente a todos sus componentes. Ese es su drama.

Cada día que pasa, PSOE, Unidas Podemos, ERC, Bildu y, no digamos ya, PNV se dejan jirones de su identidad por ir de la mano de otros proyectos políticos con opiniones tan lejanas a los planteamientos ideológicos que los definen como partidos. Es decir, sus votantes tradicionales pierden fidelidad a sus siglas. Y la debilidad se irá haciendo insoportable según avancen los meses.

Además, vivir políticamente instalado en la estrategia de laminar a la mitad de los ciudadanos, sin poder desarrollar políticas propias que generen grandes consensos, porque debes contentar a unos compañeros de viaje cada día más ruidosos, presenta un altísimo riesgo, sobre todo para formaciones con responsabilidades de gobierno.

El PSOE, como partido, es lógicamente quien más sufre tal desgaste. Lo de la retirada de la bandera española en el Palau de la Generalitat es definitorio de esto que digo. Hay peajes que no se pueden pagar políticamente porque son incomprensibles para los tuyos.

Imagino ahora a barones como Emiliano García-Page, Guillermo Fernandez Vara u otros, con citas con las urnas cada vez más próximas, haciendo encajes de bolillo para sortear el hecho de que su líder se mueve al son que le marcan gentes como Oriol Junqueras, Gabriel Rufián o Arnaldo Otegi.

Permítanme, como casi siempre, terminar cambiando de tercio con una pildorita cargada de picante.

Se insiste estos días con la vuelta al PP de quien fuera presidente de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido. No hace falta recordar la fea pirueta política que le llevó de ser el número 4 de la lista europea de los populares a convertirse a las pocas horas en el candidato número 13 de Cs a la Asamblea de Madrid. Digamos, meramente, que su comportamiento se distanció mucho de lo que siempre había sido política y personalmente.

Pues bien, vayamos al meollo. Me da la impresión que todo esto del regreso del hijo pródigo son ganas de alguien en Génova 13 de meter el dedo en el ojo a Isabel Díaz Ayuso. En fin, fastidiar por fastidiar.

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