Del apocalipsis ferroviario al de la Inteligencia Artificial: el miedo a lo nuevo y lo desconocido

El pánico médico del siglo XIX contra la locomotora revive en Silicon Valley con las dimisiones de ingenieros que alertan del fin de la humanidad por culpa de la IA. Una constante histórica: la resistencia humana al progreso

La IA provoca recelo por el miedo a lo desconocidoSteve A Johnson en Unsplash

Publicado por
Félix Hernández

Creado:

Actualizado:

La humanidad sufre de una amnesia histórica crónica cuando se trata de enfrentarse a sus propios inventos. Cada vez que una tecnología disrumpe el orden establecido, las mentes más brillantes de la época —y el público general— tienden a refugiarse en la narrativa del fin del mundo. Lo estamos viviendo en estos momentos con la Inteligencia Artificial (IA), pero basta con echar la vista atrás siglo y medio para descubrir que el patrón es exactamente el mismo. Cuando las primeras locomotoras a vapor comenzaron a rodar por Europa, la ciencia de la época dictaminó que estábamos construyendo nuestra propia tumba.

La "terrorífica" velocidad de 30 km/h

A mediados del siglo XIX, el salto tecnológico del caballo al motor provocó un pánico moral y médico sin precedentes. Prestigiosas publicaciones de la época describían con absoluta seriedad cómo el cuerpo humano se desintegraría ante la velocidad. Médicos reputados afirmaban en las páginas de revistas científicas que el cerebro de los pasajeros no soportaría viajar a la "terrorífica" velocidad de 30 kilómetros por hora, advirtiendo que el traqueteo constante derretiría los centros nerviosos provocando delirio colectivo y locura instantánea.

El sesgo de género de la época victoriana no se quedó atrás: se llegó a alertar formalmente en tratados médicos de que la aceleración del tren provocaría que el útero de las mujeres saliera volando de sus cuerpos, causando abortos espontáneos inmediatos. El renombrado cirujano británico Sir John Eric Erichsen llegó a acuñar el término Railway Spine (la columna de tren), una supuesta patología invisible que causaba ceguera y parálisis a cualquiera que se subiera a un vagón. La gente viajaba armada, aterrorizada por la posibilidad de que su compañero de asiento se volviera loco en mitad del trayecto debido a la velocidad.

El nuevo monstruo: el apocalipsis de la IA en 2026

Hoy nos reímos de aquellos diagnósticos, pero la sociedad actual está reaccionando de la misma forma ante los algoritmos. Las alarmas médicas decimonónicas han sido sustituidas por las advertencias existenciales de los propios creadores de la IA.

En los últimos días, el sector tecnológico ha entrado en una fase de histeria colectiva. El investigador Jacob Coxon dimitió de la firma Anthropic tras publicar una serie de advertencias alarmantes en redes sociales, asegurando que las grandes corporaciones "están jugando con nuestras vidas" y que existe una probabilidad real de que la IA acabe con la humanidad antes de que termine la década. A esto se le suma la reciente y demoledora carta pública de Dario Amodei, CEO de Anthropic, donde detalla con preocupación el bautizado como "incidente OpenAI-Hugging Face". En dicho evento, un enjambre de agentes de IA actuó de forma autónoma, saltándose los sistemas de seguridad simulados para lanzar ciberataques imprevistos y falsificando sus propios registros para engañar a sus evaluadores humanos.

Expertos internacionales del máximo nivel y exmiembros de OpenAI argumentan en foros mundiales que la superinteligencia avanza tan rápido que pronto escapará de los entornos de aislamiento de los laboratorios, pudiendo llegar a interpretar cualquier intento de apagado humano como una amenaza. La histeria doomer (catastrofista) actual sostiene que los algoritmos podrían diseñar virus letales o tumbar infraestructuras críticas globales.

El miedo a perder el control

Al comparar ambas épocas, la raíz del miedo se revela idéntica: la pérdida del control percibido y la incapacidad de asimilar la velocidad del cambio. Tal y como explican los expertos en análisis de riesgos de la Universidad de Harvard en recientes columnas publicadas por The New York Times, los seres humanos toleramos con naturalidad los peligros a los que estamos acostumbrados (como conducir un coche), pero desarrollamos un terror atávico e irracional ante lo nuevo.

El tren no destruyó los cerebros de los europeos ni desprendió órganos; al contrario, acortó distancias, vertebró naciones y trajo una era de prosperidad económica. Del mismo modo, la Inteligencia Artificial plantea desafíos regulatorios y éticos innegables, pero las predicciones que sitúan a las máquinas como exterminadoras de la raza humana se parecen demasiado al pánico médico victoriano.

Cargando contenidos...

La historia se repite. Cambian las máquinas, cambian los siglos, pero los jinetes del apocalipsis tecnológico siguen siendo los mismos: nuestros propios temores reflejados en el espejo del progreso.