MAQUILLAJE PARLAMENTARIO

Fin de curso político: Sánchez lejos de un Congreso sin "Diputados" y un Gobierno que no gobierna

El Ejecutivo de coalición cambia el nombre del Parlamento para complacer a sus socios, mientras Carles Puigdemont vuelve a imponer su veto y obliga al PSOE a enterrar sus dos grandes leyes del curso político.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante un pleno extraordinario en el Congreso de los Diputados.EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS

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Con varias citas judiciales de calado en el arranque de la semana, Pedro Sánchez vuelve a poner tierra de por medio. El presidente del Gobierno emprende una gira por Chile, Uruguay y Paraguay, justo cuando dos imputados clave en el ya conocido como caso PSOE acuden a declarar a la Audiencia Nacional: Isabel Pardo de Vera y Jesús Herrero. 

Se trata de un viaje del jefe del Ejecutivo que coincide también con la decisión que adoptará este martes la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo sobre si Santos Cerdán, mano derecha de Sánchez en el PSOE, debe continuar entre rejas. Ya avisó la Fiscalía Anticorrupción hace unos días de que la excarcelación del ex secretario de Organización socialista podría servir para destruir pruebas y también para influir en el testimonio del resto de imputados en la causa. 

Con este panorama tan desolador para los intereses 'sanchistas' a corto, medio y largo plazo, la máquina de relatos del ala oeste del Palacio de la Moncloa pone el foco en dos objetivos: defender que el caso Montoro es peor, incluso, que la montaña de corrupción que tiene atrapado a este Partido Socialista Obrero Español. Además, el argumentario 'monclovita' trata de exponer en la opinión pública y, sobre todo, en su equipo de opinión sincronizada que el curso político se va a cerrar con "normalidad". Nada más lejos de la realidad. 

La importancia de un Congreso sin "de los Diputados"

Si no puedes gobernar, al menos rebautiza las instituciones. Esa parece ser la consigna de un Ejecutivo cada vez más bloqueado por sus fantasmas de corruptelas y por sus propias hipotecas parlamentarias. En el último pleno antes del parón estival, el de este martes, la Cámara Baja se convierte en laboratorio simbólico del 'sanchismo': sin leyes, sin pulso legislativo… y sin “Diputados”.

El Congreso de los Diputados está a punto de dejar de denominarse así. O, al menos, eso es lo que pretenden Pedro Sánchez y sus socios de esa autodenominada y mal llamada "mayoría de legislatura progresista", que han alcanzado un acuerdo para retirar la coletilla “de los Diputados” del nombre oficial de la Cámara Baja. El movimiento, camuflado de gesto feminista y paritario, no es sino una nueva cesión simbólica -otra más- que busca contentar a una mayoría parlamentaria cada vez más exigente, cada vez más cara, cada vez más insoportable al tufo que desprende la bancada del Grupo Parlamentario Socialista. No en vano, todos los socios de Sánchez llevan meses con la pinza puesta en la nariz. 

El último pleno del curso político -que debería ser el momento de la ofensiva legislativa del Gobierno antes del parón estival- ha terminado siendo un desierto parlamentario. La esperada 'ley Bolaños', diseñada para modificar el sistema de nombramiento del Poder Judicial, ha sido retirada del orden del día ante la certeza de su naufragio. 

Y por si fuera poco, también ha caído la reforma de la jornada laboral pactada por Sumar y el Ministerio de Trabajo, pese a meses de anuncios triunfales y promesas sindicales. Yolanda Díaz se ha llenado la boca en exceso, pero la realidad es que su propuesta estrella continúa parada. 

Carles Puigdemont es el que manda

La clave del bloqueo tiene nombre propio: Carles Puigdemont. El expresident fugado de la Justicia vuelve a ejercer de legislador en la sombra desde Waterloo. Su negativa a seguir ofreciendo oxígeno parlamentario al PSOE ha provocado el descarrilamiento de las grandes apuestas legislativas del Ejecutivo. A Sánchez ya no le sirve con prometer. Puigdemont exige gestos reales… y ya ha acumulado demasiados incumplimientos.

El último varapalo le ha llegado a Sánchez desde Bruselas. Por séptima vez consecutiva, la Unión Europea ha dejado claro que la oficialidad del catalán no es una prioridad para las instituciones comunitarias. Y no lo será. El Gobierno español no solo no ha conseguido avances, sino que ha tensado su crédito europeo en una batalla que solo beneficia al independentismo catalán.

Con sus leyes claves caídas, su calendario legislativo en blanco y su mayoría pendiente de los caprichos de un huido, este Gobierno se lanza al maquillaje institucional. El cambio de nombre del Congreso -despojado de “los Diputados” para abrazar una supuesta neutralidad de género- es el símbolo perfecto de este tiempo político: gestos vacíos, políticas huecas, cesiones sin retorno.

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Más maquillaje

Cambiar el nombre del Parlamento para no cambiar nada. Es la gran pirueta del 'sanchismo': cuando se agotan las mayorías, se apela al simbolismo; cuando falta el poder, se invoca la cosmética. O al maquillaje, mejor dicho. Y así, mientras el Gobierno no gobierna Puigdemont decide por él. El Congreso pierde a “los Diputados”, pero lo que de verdad ha perdido hace tiempo es la soberanía.