Rubén Sánchez deja Podemos y firma otro funeral del activismo morado: día negro para el antifascismo

El activista anuncia que abandona la militancia para no perjudicar al partido, aunque promete seguir desde las redes “echando pestes” contra fascistas y votantes.

Rubén Sánchez, responsable de organización de Podemos en Sagunto

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La izquierda militante vive una de esas jornadas de digestión pesada, café frío y luto en diferido. Rubén Sánchez ha anunciado que deja la militancia en Podemos, aunque no exactamente la causa, ni el sermón, ni la trinchera verbal. Se va del partido, sí, pero no del combate. El antifascismo patrio pierde carné, pero conserva altavoz.

En un vídeo difundido en redes, Sánchez explica que nadie le ha pedido dar este paso, pero que considera oportuno apartarse porque su perfil puede “perjudicar” al círculo, a sus compañeros y al propio Podemos. La razón, según él mismo admite, es sencilla: su discurso “no es moderado” y no piensa cambiarlo. Un adiós administrativo, pero no ideológico. Más baja orgánica que retirada espiritual.

Se va del partido, no del megáfono

La escena tiene algo de despedida solemne y algo de sainete político. Rubén Sánchez deja claro que abandona la militancia porque entiende que su manera de expresarse, mucho más cercana al exabrupto de barricada que al argumentario de sobremesa, puede convertirse en un problema para los suyos.

No es que haya abrazado la moderación, ni que haya descubierto los encantos del centrismo. Más bien al contrario. Reivindica que seguirá siendo “radical”, porque “la vida” le ha hecho así y porque, a su juicio, el fascismo está en auge y sus partidarios actúan cada vez con mayor impunidad. Traducido del lenguaje militante al castellano llano: deja la sede, pero no el calentón.

Podemos pierde un militante… y gana un francotirador digital

Lo más llamativo del comunicado no es la salida, sino el modo en que se produce. Sánchez no reniega de Podemos, ni denuncia una traición doctrinal, ni se declara desencantado. Se aparta, dice, para no dañar al partido. Es decir, viene a admitir que su propia vehemencia puede resultar más tóxica que útil para una formación que ya bastante tiene con recomponer siglas, cuadros y votantes.

En otras palabras, la noticia deja una estampa de época: incluso dentro del ecosistema morado hay perfiles que consideran que su hiperactividad verbal ya no suma, sino que resta. Un síntoma curioso para un espacio político que hizo de la agitación permanente una seña de identidad y del puñetazo dialéctico una forma de presencia pública.

“Antifascista siempre”, aunque sea por libre

Eso sí, el exmilitante no abandona precisamente en modo monje tibetano. En su mensaje avisa de que seguirá en redes denunciando injusticias, cargando contra el fascismo y también contra “la gentuza que les vota”. Todo muy conciliador, muy de tender puentes y coser heridas en el espacio progresista.

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La despedida remata con un abrazo “a todos, todas y todes menos a los fachas” y un “antifascista siempre” que suena a cierre de telón, pero también a promesa de continuidad. Sale de la militancia, sí, pero no se jubila del grito. Cambia la disciplina de partido por la libertad del timeline. Menos aparato, más arenga.