| 20 de Mayo de 2024 Director Benjamín López

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Pedro Sánchez en la captura de su polémico saludo.
Pedro Sánchez en la captura de su polémico saludo.

Pedro, choca esos cinco

Imagínense por un instante si en lugar de Madrid hubiera sido un pueblo de Texas y Sánchez y el negro hubiesen sido Donald Trump y un árabe.

| Antonio R. Naranjo Opinión

Los hechos. Se ve a Pedro Sánchez, con ese andar de Tony Manero pasado por Alcorcón que se gasta, adelantando de manera algo artificial la cebolleta sobre el resto del cuerpo como los atletas lo hacen con el pecho en una final ajustada; estrechando manos a cascoporro, en una de las estampas más habituales en cualquier líder político de cualquier lugar del mundo que probablemente inspiró al creador del término abrazafarolas.

Una de esas manos es de un niño negro, que parece mirársela antes de chocar, bien para constatar su perfecto estado, bien para cerciorarse de que estaba todo preparado para gastarle una broma a ese señor dispuesto a besar a un jarrón y pedirle el voto a una jirafa. O a la inversa.

En todo caso, Sánchez sigue caminando –que suenen los Bee Gees- y a los pocos metros se limpia las manos ostensiblemente. He repasado otras imágenes similares y más allá de que también parece sonar How deep is your love siempre; no he visto un gesto similar en circunstancias parecidas. Ni siquiera tras reunirse con Pablo Iglesias.

Esto es, o Pedro Sánchez se limpió la mano porque el mozalbete se la había manchado con vaya usted a saber qué mejunje o el muchachete le repugnó. Si en lugar de Madrid hubiera sido un pueblo de Texas y Sánchez y el negro hubiesen sido Donald Trump y un árabe; probablemente la interpretación correcta sería la segunda. Al ser el candidato del PSOE, debemos quedarnos con la primera. Obviamente.

Pero hay un matiz, o dos. Sánchez se ha limitado a enfadarse mucho con quien, ante su ausencia de explicaciones, ha hecho lo que él mismo acababa de hacer con De Gea: en caso de duda, a favor de la víctima. Especialmente si en cinco días hay elecciones y las patadas en la espinilla del rival se fuerzan tanto como para que ninguno de ellos se crea con el derecho, cuando le toca, a hacerse el ofendido. Ajo y agua; es culpa de todos ustedes.

Y el segundo. Podía haberlo explicado. A Carlos Alsina, en Onda Cero, le dijo que no recordaba el momento. Como si cada día se limpiara -sin querer- la mano tras chocarla con un negro. Seguro que recuerda cuando, un par de días antes, se comió la rama de un árbol mientras –por favor, cambien para esto a los Bee Gees por Camilo Sexto- nos contaba las bondades de su programa. Ambos episodios son igual de inusuales, estimado líder, aunque sólo uno de ellos es además muy cómico.

“El chaval llevaba un pegote de algo viscoso en la mano y me la dejó hecha un asco”. Hubiese sido suficiente. Pero prefiere que le pidamos disculpas a él por su extraño gesto y su falta de explicaciones. Yo me lavo las manos, querido señor Manero.