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Ely del Valle

La Nochevieja y el engaño colectivo

Celebramos la llegada de cada nuevo año sin saber la dosis de puñetería que traerá consigo y con la esperanza de que esta no nos alcance

La Nochevieja y el engaño colectivo

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Pues ya tenemos aquí mismo un nuevo año. A ver cómo se porta, aunque mucho me temo que llegará con su habitual dosis de puñetería. Nada es perfecto. Ya lo decía Dalí: la perfección no existe, por eso cuando consideraba que uno de sus cuadros no tenía ni un error, le hacía un garabato. Cada año, nos guste o no viene de serie con un montón de garabatos. Y que conste que por nuestra parte, en lo que se refiere al recibimiento, le echamos los restos, así que ahí ninguno se puede quejar: les damos a todos la bienvenida de la mejor manera que sabemos: con capa o medio en pelotas, con mensajes reivindicativos o con humoradas, con uvas peladas o sin pelar, para que elija.

Supongo que cada año que llega lo hace partiéndose la caja al ver la cantidad de rituales “por si acaso” que hacemos para que la suerte nos acompañe, porque a ver quién es el guapo que nunca ha metido una sortija de oro en el cava o no se ha puesto unos gayumbos rojos. Pero también llega engañado porque así, a bote pronto, todo lo que se encuentra es bonito: cuñados que no se aguantan de natural pero que esa noche se abrazan; abuelos que viven solos pero que se han apuntado a un cotillón con otros abuelos tan solos como ellos para hacerse la ilusión de que tienen familia; gente de la que no sabes nada el resto del año, pero que cada diciembre te manda sus mejores deseos, con lo que constatas que no te ha borrado de su lista de contactos; cava, sidra, marisco, uvas y la bandeja de turrones, polvorones, frutos secos y peladillas si es que aún existen, que espero que no.

Cada año que llega lo hace partiéndose la caja al ver la cantidad de rituales “por si acaso” que hacemos para que la suerte nos acompañe, pero también llega engañado porque así, a bote pronto, todo lo que se encuentra es bonito

Con semejante recibimiento, lo lógico es que cuando el año llega de nuevas crea que este país va como una moto; que todo el mundo es bueno; que tenemos un gobierno modélico que ha conseguido que seamos felices; que lo que es objetivamente justo se trata como tal y que lo que no lo es no se contempla; que no hay privilegios, ni odio heredado, ni sinvergüenzas, ni impuestos abusivos, ni megalómanos. Luego se da cuenta de la cruda realidad, y claro, el Año Nuevo se cabrea, empieza a darnos pedradas y termina siendo otro año más que unos recordarán por la cicatriz que le ha dejado la piedra y otros celebrarán porque se han librado de ella.

No es que sea pesimista, pero no me gusta que me obliguen a hacer balance, ni a pensar si de aquí a un año estaré mejor o peor. No me gusta tener que pensar en los próximos doce meses en paquete, ni a echar de menos por narices a quienes estaban y ya no están. Vamos, que lo de la Nochevieja, como la Navidad en general, me toca la moral, pero ahí estaré, contando uvas y brindando porque 2024 sea lo suficientemente indulgente como para darnos motivos para sonreír por lo menos una vez al día. Por pedir, que no quede.

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