| 20 de Mayo de 2024 Director Benjamín López

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La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, durante una comparecencia ante los medios
La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, durante una comparecencia ante los medios

La proporcionalidad de Ada

Después de una semana de violentos incidentes protagonizados por los okupas en Barcelona, su alcaldesa se limita a pedir "proporcionalidad"... a los Mossos.

| Antonio R. Naranjo Opinión

Ada ha pedido “proporcionalidad” a los Mossos con la buena gente de Gracia, sin aclarar si han de tomárselo literalmente. Aún no se ha visto a un policía autonómico lanzando a un entrañable okupa una lata de cerveza, dos manojos de harina o medio litro de lejía, ni a elevar el dedo índice hasta una posición erguida en claro homenaje a la Sagrada Familia de Gaudí.

Dado que los agentes no han sido “proporcionales”, es razonable pensar que, en realidad, lo que Colau les pedía es que se dejaran pegar un poco, lo justo para encontrar el creativo equilibrio que busca la alcaldesa entre estar con “la gente” y a la vez con “la gente” uniformada.

En la misma semana, no menos heroicos impulsores de las ‘Marchas de la Dignidad’ han pedido ayuda económica para intentar imputar a Cristina Cifuentes por represora en aquel lejano día de hace un par de años que terminó con 69 policías con la cabeza abierta.

Ambos episodios resumen espléndidamente de qué va esto: si eres policía, o te callas o te dejas pegar. Y si eres político, lo suyo es pedir que se dejen pegar o sumarte a los palos. Hasta Carmena, con poca cara de broncas, encuentra un argumento para comprender a los muchachos, cuando afirmó aquello de que el escrache es una protesta “no sólo legítima, sino necesaria”.

A mucha gente le parece folclórico que una tropa con pocas lecturas encima ponga a Bódalo en el mismo epígrafe que Rosa Parks o considere al tal Alfon algo más que un discreto avance evolutivo del cefalópodo. Pero lo sorprendente es que los generales de ese ejército también lo vean así o ya no se atrevan a desmarcarse de los cánticos que ellos mismos han animado en la cantina.

El zapaterismo se ha reencarnado en el sanchismo

Para llegar a este punto siempre hay pasos previos. Uno no se pone del lado de la chusma ni llega al mando formando parte de ella si antes, durante un tiempo suficiente, alguien no lo ha legitimado. Y ésta es la gran aportación del PSOE reciente, del zapaterismo triunfador reencarnado en el sanchismo perdedor aunque Zapatero y Sánchez no se traguen entre ellos.

Esto es, para llegar a Pablo Iglesias y Ada Colau antes ha sido necesario pasar por Leire Pajín diciendo tontunas sobre la crisis –“El PIB es masculino”-, por Miquel Iceta participando en manifestaciones de las CUP, por ZP agachándose ante la bandera americana, por Sánchez entregándose a Podemos para camuflar su derrota en las Elecciones Autonómicas o, por remontarnos a cuando entonces, por esa idea tan poco socialista y tan infantil de que en el colegio la culpa es de todos menos del alumno y del profesor, epítome de todos los males que los socialistas han perpetrado tras los espléndidos años de Felipe González, pese a todo: han dicho tanto que la culpa siempre es de otro que al final se la han terminado por echar a ellos. Podemos es el hijo descarado del penúltimo PSOE, que se bebe su vino, se fuma sus puros y da patadas al viejo.

Cuando en un país ya se discuten las razones de quienes atizan a policías para ocupar por la patilla una propiedad privada, incluso para criticarlas, estamos perdidos. De la miríada de escenas turbadoras que componen el tríptico de ‘El Jardín de las Delicias’ de El Bosco, expuesto ahora junto a otras cincuenta obras en El Prado, hay una que resulta especialmente gráfica para temer que, quinientos años después del nacimiento de ese escrutador de almas, poco ha cambiado.

A la derecha, en la parte superior, una inmensa negrura contrasta con humos desvanecidos sobre fuegos latentes, componiendo una imagen sorprendentemente similar a las mejores escenas de Rutger Hauer en ‘Blade Runner’. El negro perfecto de El Bosco, entre ensoñaciones sobre los pecados capitales y una profunda visión religiosa y moral de su tiempo, era real y salió de los incendios reiterados que sufrió su ciudad cuando él era un joven imberbe.

No se ve a okupas ni a alcaldes en el cuadro a primera vista, pero si se fijan detenidamente, aparecen todos ellos con pasmosa “proporcionalidad”.