El niño X y el terrorista yihadista de Sánchez y Armengol
Francina Armengol, presidenta del Congreso
Nadie puede negar que poner X a un hijo es una extravagancia que sólo puede permitirse Elon Musk. También lo es que el niño se pasee con su padre por el despacho oval de La Casa Blanca como si del propio presidente de los USA se tratase. Es lógico, por ello, que vivamos pendientes y preocupados por las extraordinarias relaciones a las que nos va a conducir el liderazgo de Donald Trump, que ha empezado su mandato con un ímpetu que da vértigo. Más que el presidente de una democracia bien parece que el nuevo trumpismo que firma decretos es una suerte de carrera por convertir un país en un sistema autoritario que compita sin reglas sometidas a la opinión pública con autocracias como la Rusia de Putin o la China de Jinping. Agarrémonos fuerte al volante.
Con todo, a la hora de hablar de excentricidades o disparates tampoco hace falta irse a la política de Estados Unidos. Nos bastamos y sobramos los españoles. Porque nadie podrá discutir que la pelea que se vive en nuestro Consejo de Ministros, con sus miembros a carterazos, es para comprar palomitas y ponerse a seguirlo por televisión. La guerra en plena rueda de prensa en La Moncloa entre Yolanda Díaz y Pilar Alegría es para dejar a cualquier presidente, salvo a Pedro Sánchez, sin aliento. Luego, las descalificaciones de la vicepresidenta segunda a la primera, María Jesús Montero, evidencian una crisis sin precedentes. Este es un Gobierno a palos.
Y si raro es todo lo que vive esa coalición gubernamental de matrimonio separado, pero, forzado por la necesidad a seguir en el mismo hogar, luego, la dependencia que tienen de su asesor conyugal, Carles Puigdemont, es enfermiza. Tanto que los españoles hemos visto avergonzados a un terrorista yihadista condenado a 40 años de cárcel, por un atentado en el que murieron 16 personas y 300 resultaron heridas en Barcelona, sentarse en el Congreso de los Diputados, citado por Junts, aunque con el beneplácito de PSOE y Sumar, para sembrar porquería, sin prueba alguna, contra la seguridad del Estado. No se puede degradar más la Cámara donde reside la soberanía y, por ello, representa a todos los españoles. Pero, Puigdemont manda. Sus siete diputados son los dueños del país. La desvergüenza de la presidenta del Parlamento, Francina Armengol, facilitando un espectáculo que transmite asco a cualquier demócrata, muestra la catadura de unos dirigentes capaces de cualquier cosa con tal de que el sanchismo siga adelante.
El hijo de Musk debería regresar a su colegio y Armengol marcharse a su casa, despedida por empobrecer la democracia española hasta ese límite.
A.M.BEAUMONT