Óscar López: el follonero de Sánchez contra Ayuso
El ministro para la Transformación Digital, Óscar López
Dicen en Ferraz que Óscar López es un político “profesional”, de esos que nacen y mueren en los partidos, curtido en mil batallas internas, leal a Sánchez hasta la médula. Pero en la planta primera de la calle Génova —en la de Ayuso— más bien lo ven como un chico de los recados sin gracia ni colmillo, colocado por La Moncloa para hacer bulto en Madrid mientras la presidenta regional se los merienda uno a uno. Además, tampoco olvidan que no hace demasiado, cuando López era crítico con “el jefe”, se reunía con el comisario Villarejo para que le diese “basura” con la que atacarle.
Su aterrizaje como ministro de Función Pública parecía una excusa para situarlo estratégicamente en el tablero madrileño, con el encargo expreso de desgastar a Isabel Díaz Ayuso. Pero su verbo encorsetado choca con su pose de oposición radical como para hacerle mella a una presidenta que juega en otra liga. Mientras Ayuso habla de libertad y poda impuestos, López se enreda en discursos monótonos cargados de descalificaciones que no mueven ni una ceja fuera de su despacho ministerial.
Se le ve como un Quijote sin lanza frente a una Ayuso que, guste o no, es una apisonadora que pasa por encima de su oposición cada jueves en la Asamblea de Madrid, donde ni siquiera se sienta don Óscar. El “azote” del presidente en Madrid va camino de parecerse a un simple delegado monclovita puesto ahí para parar salvar los trastos del desastre sanchista. No es un político con la suficiente enjundia para lanzarlo contra Ayuso.
Y por si esto no fuese suficiente, ademas, en su mochila política tampoco ayuda el historial. No conviene olvidar que López presidía Paradores cuando aquellos escándalos de fiestas con champán y putas llevadas en furgonetas, con Ábalos como sex symbol del socialismo. Una época que el sanchismo preferiría enterrar, pero que sigue rezumando olor a moqueta con manchas de orgías. Demasiados silencios incómodos para quien ahora pretende fiscalizar a la presidenta madrileña.
Sánchez quiso un fajador y ha terminado con un púgil de sombra. Alguien que habla mucho de meritocracia pero que lleva años ascendiendo a golpe de “tragar sapos” con obediencia ciega. En Madrid, donde la política se juega en carne viva y los errores no se maquillan con argumentarios, el ministro parece caminar como esos actores secundarios que recitan su frase con nerviosismo y se pierden al fondo del escenario. Da golpes al aire, repite consignas prefabricadas y sube el tono, pero sin convicción ni pegada. No hay relato, no hay liderazgo, no hay presencia. Solo un eco monclovita intentando hacer ruido en territorio hostil.
Y eso en Madrid, donde o vales o te devoran, es sinónimo de derrota. A.M. BEAUMONT