editorial
Los Patxi López de turno decidirán qué periodistas pueden trabajar en el Congreso
Esta reforma no es un ataque menor. Es un intento descarado de domesticar a la prensa, de convertirla en un apéndice del poder político. Que los políticos de la coalición gobernante, representados en figuras como Patxi López, decidan quién es periodista
El portavoz del PSOE en el Congreso, Patxi López, en los pasillos del Congreso.
Da pánico pensar que la banda sanchista pueda decidir qué periodistas pueden entrar al Congreso de los Diputados. La reforma del Reglamento, aprobada por la Mesa, otorga a este órgano, controlado por la coalición gobernante, la potestad de retirar acreditaciones a periodistas considerados “molestos”. Es decir, aquellos que, según el criterio arbitrario de los Patxi López de turno –metáfora de los políticos al servicio del poder–, preguntan lo que incomoda al Gobierno. A unos les llaman “activistas de extrema derecha”; a otros, “pseudoperiodistas”. Lo más grave es el silencio cómplice de muchas asociaciones de periodistas y el aplauso de colegas que, ciegos, no ven que mañana podrían ser ellos los señalados por ejercer su oficio con valentía.
Esta reforma no es un ataque menor. Es un intento descarado de domesticar a la prensa, de convertirla en un apéndice del poder político. Que los políticos de la coalición gobernante, representados en figuras como Patxi López, decidan quién es periodista y quién no es un precedente peligroso que socava la libertad de información. En una democracia, el control sobre la prensa no puede recaer en manos de políticos con intereses partidistas. Para eso existen los jueces, garantes de la legalidad y los derechos fundamentales, no los burócratas de la Mesa del Congreso.
Esta no es una cuestión que afecte solo a los periodistas, no se trata de lamernos las heridas. Al menos no solo. Afecta a todos los ciudadanos, porque una prensa amordazada implica una democracia debilitada. Sin periodistas libres que pregunten, investiguen y fiscalicen al poder, los ciudadanos quedan desprotegidos, a merced de narrativas oficiales sin contraste. La libertad de información es el oxígeno de una sociedad plural; cortarla es asfixiar el debate público.
El viento cambia rápido, y quienes hoy aplauden la censura mañana podrían lamentarla. La prensa no debe ser un coto privado del poder, sino un contrapoder que lo vigile. En una democracia sana, es preferible el ruido de las preguntas incómodas que el silencio de la sumisión. Porque cuando el poder decide quién informa, todos perdemos.