¿Pero hemos tenido alguna vez un gobierno honesto?
Cristóbal Montoro, el pasado mes de abril en el Congreso de los Diputados.
Según los datos del INE sobre población y criminalidad, la proporción en España de delincuentes mayores de edad no llega al 1% del total, lo que significa que si creas un equipo de treinta personas, la probabilidad de que una de ellas sea un mangante es ínfima... a no ser que hablemos de políticos y sus respectivos partidos y gobiernos. Aquí las estadísticas no sirven.
Desde que somos una democracia, no ha habido un solo gobierno limpio del polvo y la paja de la corrupción, ni un presidente que no haya demostrado un ojo clínico pésimo a la hora de elegir pandilla. O es eso, o es que el número de malhechores (me encanta esta palabra) que utilizan la política como caballo de Troya para forrarse es mayor que el de reclusos de la cárcel de Carabanchel.
El último, todavía en la categoría de imputado, es el ministro más odioso y más odiado del ejecutivo de Rajoy. Fue la versión cutre del Mr Burns de los Simpson; el maestro Ciruela que todo lo arreglaba atizándonos unos reglazos tremendos en los nudillos de las cuentas bancarias; el hombre que decidió que su misión de conseguir que nos apretásemos el cinturón llevaba aparejada la de ser un borde, y por lo visto, supuestamente, la de meterse en tejemanejes con empresas gasísticas.
Su imputación llega en el momento menos oportuno para el que hasta ayer era su partido. A Feijoo le ha hecho un socavón en su campaña de acoso y derribo a Sánchez del tamaño del Mulhacen, que ya veremos cómo zurce. Por su parte, Sánchez debe de estar más animado que un bailarín de cumbias por este regalito que le cae del cielo en el momento más oportuno.
En cuanto al común de los mortales, aquí estamos: debatiéndonos entre la preocupación por el anormal índice de delincuencia entre quienes manejan el cotarro y la tranquilidad de saber con certeza que Montoro no volverá a Hacienda aunque Feijóo gane las próximas diez legislaturas. Un alivio.