editorial

Venezuela, un agujero negro para Sánchez: de Zapatero al caso Delcy Rodríguez

El caso Delcy Rodríguez, vicepresidenta venezolana sancionada por la Unión Europea, ilustra cómo las conexiones tóxicas con Caracas se extienden al núcleo del poder sanchista

Zapatero conversa su amigo Nicolás Maduro

Creado:

Actualizado:

En el intrincado tablero de la política internacional, Venezuela se ha convertido en un verdadero agujero negro para el Gobierno de Pedro Sánchez, succionando credibilidad y abriendo heridas diplomáticas que parecen no cicatrizar. La reciente escalada de tensiones con Estados Unidos, donde el subsecretario de Estado Christopher Landau ha planteado públicamente la posibilidad de revocar el visado al ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero por su alineación con el régimen chavista, pone de manifiesto cómo las sombras del pasado y del presente se entrelazan para complicar la posición de España en el mundo.

Zapatero, figura clave en los intentos de mediación entre el Gobierno español y el de Nicolás Maduro, ha sido un actor controvertido en las gestiones venezolanas. Su sintonía con el chavismo, que incluye múltiples viajes y negociaciones que han irritado a Washington, ahora se traduce en una propuesta concreta de prohibición de entrada a territorio estadounidense. Esta medida no es un capricho aislado, sino el reflejo de una frustración acumulada por la percepción de que España, bajo influencia de figuras como Zapatero, ha sido demasiado permisiva con un régimen acusado de violaciones sistemáticas de derechos humanos y corrupción endémica. Para Sánchez, cuya coalición ha dependido en ocasiones del respaldo de aliados con afinidades izquierdistas, este episodio representa un boomerang: el ex líder socialista, cercano ideológicamente, arrastra al Ejecutivo actual a un escrutinio que cuestiona su coherencia en materia de política exterior.

Pero el problema no se limita a Zapatero. El caso Delcy Rodríguez, vicepresidenta venezolana sancionada por la Unión Europea, ilustra cómo las conexiones tóxicas con Caracas se extienden al núcleo del poder sanchista. Investigaciones recientes revelan que, tras la salida de José Luis Ábalos del Ministerio de Transportes en 2021, su colaborador Koldo García mantuvo contactos directos con Rodríguez, coordinando posibles reuniones a través de mensajes de WhatsApp que muestran una familiaridad inquietante. Estos intercambios, ocurridos apenas meses después del controvertido encuentro en el aeropuerto de Barajas en 2020 –donde Ábalos se reunió con la prohibida Rodríguez, en un episodio que el Gobierno nunca ha aclarado del todo–, forman parte de un entramado mayor de presunta corrupción en el sector de los hidrocarburos. Figuras como Víctor de Aldama y otros implicados en fraudes millonarios tejieron redes que involucraban pagos de comisiones y facilitaciones con el régimen venezolano, todo ello bajo el paraguas de un Ejecutivo que ahora enfrenta el archivo parcial de investigaciones, pero con un hedor a impunidad que persiste.

Este doble frente –la mediación fallida de Zapatero y los tejemanejes de Ábalos con Delcy– expone las grietas de una política exterior española que prioriza afinidades ideológicas sobre principios democráticos. Sánchez, que aspira a un rol protagonista en la UE y en Latinoamérica, ve cómo Venezuela se convierte en un lastre: tensiones con EE.UU., críticas de Bruselas por eludir sanciones y una opinión pública que demanda transparencia. El agujero negro chavista no solo devora recursos diplomáticos, sino que amenaza con engullir la estabilidad interna del Gobierno. Sánchez debería mostrar una décima parte de dureza, aunque solo fuera, con el régimen de Maduro que la que muestra con Israel. Pero con el narcodictador no se atreve. Quizás sabe demasiado.