Redondo se está ganando a pulso una matrícula de honor

La ministra de Igualdad, Ana RedondoA. Pérez Meca - Europa Press

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Era tan fácil como reconocer los fallos, pedir perdón e irse a su casa. O no… porque los fallos no fueron tales, sino negligencia palmaria; lo de pedir perdón es algo que los políticos en general jamás contemplan, y de lo de dimitir, ni hablamos. Y mucho menos si tu jefe te apoya y suscribe el argumento de que todo obedece a un contubernio en el que anda enredado cualquier hijo de vecino que pida explicaciones.

Lejos queda aquel Pedro Sánchez recién llegado que hizo dimitir a su primer ministro de Cultura por un quítame allá unas facturas emitidas por una sociedad unipersonal cuando todavía esa práctica no era ilegal. Máximo Huertas presentó su renuncia sin hablar de boicots ni de juego sucio de la oposición. Claro que por aquel entonces todavía funcionaba, aunque fuera a trompicones, la brújula moral por la que se supone que debe guiarse cualquier servidor público con medio gramo de decencia.

El Congreso ha reprobado a Ana Redondo y ella no solo se ha comportado como el mal estudiante que acompaña cada suspenso con el mantra de que el profesor le tiene manía, sino que además acusa a quienes le exigen que tome el portante de querer acabar con el ministerio de Igualdad en un ejercicio de metonimia realmente admirable. Y hasta ahí han llegado sus “no explicaciones”… ¿Y saben qué es lo peor? Que dentro de una semana, o de un mes o de dos días, todos estaremos enredados en otros asuntos y el escándalo pasará a la letra minúscula demostrándonos que si como ministra Redondo es un auténtico fiasco, como alumna del inventor del manual de resistencia se merece una matrícula de honor.