editorial

Sánchez, abucheado y sin Begoña, huye de la prensa en el Palacio Real

Ausencia doble: el fiscal general Álvaro García Ortiz también falta, con "motivos personales" que apestan a temor

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la recepción con motivo del día de la Fiesta Nacional en el Palacio RealA. Perez Meca

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El Día de la Hispanidad de 2025 ha desnudado el ocaso político de Pedro Sánchez: un presidente acosado por escándalos, rechazo ciudadano y su propia fuga de la realidad. Desde la llegada al desfile militar en la plaza de Cánovas del Castillo, los abucheos y gritos de "¡Fuera!" lo han azotado como un veredicto popular. No es casualidad; es el cuarto año seguido de pitos e insultos que Moncloa trata de ahogar con vallas y silencios. Al cierre del acto, el mismo estruendo de desdén lo ha despedido, un pulso callejero que clama contra un Gobierno en ruinas.

El clímax de la cobardía ha llegado en la recepción del Palacio Real, donde los Reyes Felipe y Letizia reúnen a las élites en nombre de España. Sánchez aparece solo, sin Begoña Gómez, la pentaimputada por tráfico de influencias, falsedad y corrupción. Su ausencia es un grito mudo: el estigma judicial de la esposa lo condena a la soledad. Apenas estrecha la mano del Rey, gira en redondo y desaparece, abandonando a invitados y, sobre todo, a la prensa que espera el clásico corrillo. Tradición obliga: en esta recepción del 12 de octubre, el presidente dialoga, responde y muestra temple. Sánchez elige la huida, justificada en un viaje a Egipto que nadie traga como urgente. Planta a autoridades, al pueblo en los salones reales y a periodistas sedientos de luz en la opacidad de su Ejecutivo.

Ausencia doble: el fiscal general Álvaro García Ortiz también falta, con "motivos personales" que apestan a temor. El que pronto pisará el banquillo por revelación de secretos y prevaricación no se atreve ante el Supremo y el Monarca. Cierra una jornada de grietas: desfile menguado, sin brío aéreo, y un aire viciado por notables vacíos.

Este 12 de octubre es sentencia. Sánchez, pitado en la calle y fugaz en Palacio, tipifica un mando quebrado. Ahogado en imputados y podredumbre –del caso Koldo a las cuentas turbias de su círculo–, esquiva no solo micrófonos, sino la rendición de cuentas democrática. La Hispanidad exalta una España que rechaza este sainete de flaqueza. ¿Cuánto más resiste el país a un líder que antepone sombras faraónicas a la verdad? El pueblo ya ha sentenciado con sus silbidos: las urnas deben ratificarlo.