¿Hay que creer a Sánchez?
Sánchez, en un gesto pensativo en su escaño del Congreso.
Pedro Sánchez asegura que agotará la legislatura hasta 2027. Lo dice con gesto solemne, como si bastara con declararlo para hacerlo posible. Pero la realidad —una vez más— va por otro camino: su mayoría ya no existe. Junts ha roto con él y el castillo parlamentario del sanchismo se ha venido abajo.
Sin esos votos, el presidente no puede aprobar ni una ley, ni un Presupuesto, ni un decreto de calado. Lo sabe, pero finge que no. Habla de estabilidad mientras pisa arenas movedizas. Y cada día que repite que seguirá hasta 2027 suena más a autoengaño que a promesa.
El problema no es solo político, es moral. Sánchez gobierna entre procesados, imputados e investigados: su fiscal general ante el juez, su esposa bajo sospecha, su hermano con día señalado para que empiece su juicio, y el PSOE asfixiado por la sombra de la financiación ilegal, chistorras, sobres y fontaneras. Un poder rodeado de fango que, en lugar de limpiar, se empeña en negar.
Dice que resistirá “pese a todo”. Pero ese “todo” es ya una montaña: corrupción, soledad parlamentaria y descomposición. Sánchez confunde seguir con gobernar, y aguantar con tener rumbo. Y cuando un presidente vive del calendario, ya está muerto políticamente.
Puede que la legislatura se arrastre unos meses más. Pero el ciclo está agotado. El sanchismo no gobierna: ocupa tiempo y espacio.
Y lo único que se agota realmente no es la legislatura, sino la paciencia de los españoles.
A.M. BEAUMONT