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El fiscal general se juega la cárcel el miércoles: la tesis de la 'pistola humeante' no le salvará

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El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, no tiene buena cara. Pálido, ojeroso, con esa expresión de quien sabe que el juicio que le devora en la Audiencia Nacional no pinta bien para él. Los testigos clave, esos que el Gobierno y su maquinaria judicial esperaban que blindaran su inocencia, han sido un fiasco rotundo. Le han clavado alfileres donde más duele: en la credibilidad, en la imparcialidad, en esa aura de intocable que tanto le gustaba presumir.

Y mientras tanto, el coro de opinión sincronizada –ese que integra a los medios afines al Ejecutivo, los tertulianos de saldo y los voceros del sanchismo– repite como un mantra el estribillo de "no hay pruebas". En el ecuador del proceso, para ellos sin un vídeo en alta definición o un documento firmado con sangre, todo es humo. Es la tesis de la pistola humeante: si no pillamos al culpable con el arma todavía caliente en la mano, soltándolo todo en directo, ¿cómo demonios vamos a condenarle? Pretenden vendernos que la justicia es un guion de serie policíaca, donde el villano confiesa ante la cámara o deja un rastro de migas de pan. Absurdo. Ridículo. Y, sobre todo, peligroso.

El problema radica en su concepción maniquea de las "pruebas". Para ellos, solo valen las directas, las irrefutables, las que no admiten sombra de duda. Si no hay un testigo ocular que jure haber visto el disparo, el tribunal debe absolver y a casa. De ser así, la mayoría de los grandes asuntos quedarían impunes. ¿Cuántos crímenes perfectos, cuántas tramas de corrupción, cuántas maquinaciones políticas han visto la luz sin un "arma humeante"? La realidad judicial es otra: las pruebas indirectas, los indicios, las coincidencias cronológicas, las transferencias opacas, los silencios elocuentes. Por acumulación y lógica, forman un mosaico que grita culpabilidad. No es casualidad; es método.

Sucede con frecuencia en los tribunales, aunque no interese contarlo. Recuerden el caso Gürtel: no había un sobre con billetes cayendo del cielo, pero la suma de contratos amañados, comisiones ocultas y testimonios cruzados bastó para hundir a medio PP. O el 3 de octubre en Cataluña: sin un "disparo en directo", los indicios de rebelión por sedición acumulada llevaron a condenas.

El miércoles, cuando declare, si es que lo hace porque tiene derecho a guardar silencio, cuando los fiscales rivales aprieten, esa acumulación de indicios podría volverse contra él. No habrá pistola humeante, pero sí un revólver cargado de verdades incómodas.

El fiscal general se juega la cárcel, sí. Pero más allá de su suerte personal, este juicio desnuda la fragilidad de un sistema donde el Gobierno confunde impunidad con inocencia. El sanchismo tiembla de verdad. Porque en la justicia, como en la vida, las sombras acumuladas acaban proyectando luz sobre el culpable.