Las grietas del sanchismo chocan contra Sánchez
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
Pedro Sánchez ya no gobierna España; intenta contener un derrumbe que llega desde los tribunales, desde Europa, desde sus propios socios y hasta desde dentro del PSOE. La realidad golpea por todos los frentes mientras él insiste en gobernar desde un metaverso donde la propaganda, su apertura a TikTok aún basta para sobrevivir.
Pero fuera de su espejo, el país es otro.
El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, quedó desnudado ante el Supremo. “No recuerdo”, “no sé”, “cambié de móvil”… La fiscalía del Estado reducida a un personaje de comedia muda. Y sin embargo, el presidente se atrevió a proclamar su inocencia antes incluso de que los jueces hablasen. Un presidente convertido en juez, abogado y jefe de prensa del acusado. El Estado al servicio del poder, no de la ley.
Al mismo tiempo, la UCO estrecha el cerco: Koldo, Ábalos, Cerdán, ahora el soez ministro Torres, el hermanisimo, su esposa. Y, sobre ellos, la sombra ya inocultable de una financiación ilegal que rezuma como humedad en una casa abandonada. A la descomposición moral se suma la orgánica. Al fango, el olor que apesta.
Y cuando parecía suficiente, apareció Leire Díez, la fontanera, “la mano derecha” del poderoso Santos Cerdán, para poner voz al método: “El presidente ha dicho que esto se limpia caiga quien caiga”. Fabricar basura, rastrear vidas privadas, enseñar vídeos sexuales de fiscales en redacciones para intimidar. El sanchismo, convertido en mafia de la peor calaña.
Pero la semana no solo se jugó en España. También en Europa.
El dictamen del Abogado General sobre la amnistía no avaló a Sánchez ni lo tumbó: lo dejó desnudo. Europa habló como si España fuera un país normal. Y eso es precisamente lo que el sanchismo ha dejado de ser. La amnistía podrá tener encaje jurídico, pero lo que no tiene es legitimidad moral: nació del chantaje, no del consenso. De la necesidad, no de la justicia.
A todo esto, Junts rompió el pacto que sostenía artificialmente la legislatura.
Sánchez insiste en que llegará a 2027. No lo cree ni él. Sin mayoría, sin Presupuestos, sin crédito, sin autoridad, su permanencia es una ocupación administrativa del poder, no un proyecto político.
España vive en un país real donde la inflación aprieta, los autónomos agonizan, los servicios se deterioran y la confianza pública se evapora. Pero el presidente gobierna desde otro: el del relato, el de las cámaras, el del sanchismo como refugio psicológico.
La mezcla de todo —justicia, corrupción, Europa, socios, sociedad— deja una conclusión que ya late en la calle: el ciclo de Sánchez ha terminado, pero Sánchez no sabe terminar.
Por eso esta semana ha sido definitiva. No porque lo derribe una sentencia.
No porque lo abandone un socio. No porque Europa le señale el listón ético que ningún político debe rebajar.
Sino porque ha quedado claro que lo que se juzga no es al fiscal, ni a un ministro, ni a un partido.
Lo que se juzga es un modelo de poder. Un método. Un estilo. Una mentira que ya no sostiene ni a quienes la repiten.
Sánchez puede ganar días.
Pero ya no gana país.
A.M. BEAUMONT