Los sicarios de Sánchez atrapados en el ascensor de Ferraz
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una sesión de control al Gobierno en el Congreso.
El folletín de la corrupción sanchista no da tregua. Cada día una pieza nueva, cada día un escalón más hacia abajo. Hoy, el foco vuelve a la fontanera del PSOE, Leire Díez, la mujer que confesó haber sido “la mano derecha” de Santos Cerdán en el arte de fabricar fango contra jueces, fiscales, periodistas y empresarios.
Su estrategia ante el juez es patética: quiso anular la grabación en la que, durante tres horas, detalló la maquinaria de las cloacas. Como si borrar un audio pudiera eliminar un método político. Como si el silencio reescribiera la verdad.
Pero la sesión de este martes dejó algo aún más grave: Leire Díez admitió que se reunió dos veces en Ferraz con el entonces secretario de Organización, Santos Cerdán, inmediatamente después de la imputación de Begoña Gómez, la esposa del presidente del Gobierno.
Y el empresario Javier Pérez Dolset, también investigado, fue más lejos: declaró que en al menos una de esas reuniones, celebradas en la parte “de arriba” de la sede socialista, estuvo presente Antonio Hernando, entonces número dos del gabinete de Presidencia de Pedro Sánchez.
Ferraz ya no es solo la sede de un partido. Es, según los indicios, el centro de operaciones de un poder que quería ensuciar carreras, reputaciones y procedimientos judiciales para salvar a la pareja del presidente y a los suyos. Todo desde la planta noble, no desde la alcantarilla.
Y la pregunta se escribe sola: Si la mano derecha de Cerdán se movía al dictado del partido, ¿quién movía la mano de Cerdán?
La degradación institucional es ya un paisaje, no una sospecha. Un fiscal general ante el Supremo, ministros pillados por la UCO, el hermano del presidente en el banquillo de acusados, su esposa investigada, exdirigentes atrapados entre sobres, comisiones y chistorras… y ahora las cloacas subiendo por el ascensor hasta lo más alto de Ferraz.
Esto no es una excepción. Es un sistema. Y el problema ya no es qué hicieron. Es lo que están dispuestos a hacer.
A.M. BEAUMONT