En manos del enemigo

El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, sale del Tribunal Supremo tras declarar como imputado.EUROPA PRESS

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Pues ya tenemos, por primera vez en la historia, a un Fiscal General del Estado condenado penalmente por un ataque frontal contra la institución que, se supone, debía proteger.

Otro ridículo internacional más, porque la fiscalía ¿de quién depende? Pues ya está…

Más allá de ese ridículo internacional, que no es poco, subyace la certificación de la urgentísima necesidad de una regeneración profunda, desde lo más elevado del podrido sistema que contemplamos y sufrimos, hasta lo más enterrado de las influencias políticas, que llega desde los amiguetes colocados, hasta las caravanas de hermanos en Moncloa.

Sinceramente, no soy capaz de visualizar en mi mente a Pedro Sánchez pidiendo perdón a los españoles por el espectáculo lamentable que nos ha brindado durante el proceso judicial que ha desembocado en la condena de “su chico”; antes justo de presentar su dimisión y convocar elecciones. No lo veo porque no ha tardado ni un segundo en enviar a su ejército de orcos de todo pelaje (ministros, periodistas prostituidos, opinadores a sueldo…) a soltar el típico “nosotros acatamos, pero…”

Mi papá me enseñó de pequeñito que cuando uno pone un “pero”, tras una oración que pretende afirmar una intención, lo único que está haciendo es, precisamente, negar esa misma intención. Ahí tenemos a Smithers Bolaños para hacer el trabajo sucio de su señor Burns, una vez más, dejando claro que el drama aquí no reside en que García Ortiz sea un delincuente, sino que lo atroz es que los jueces son todos muy fachas. Y ni pestañea, el sinvergüenza…

Y entre todo el cenagal en que se ha convertido la cosa pública, subyace el problema fundamental, que nadie parece querer abordar.

Un Fiscal General del Estado, con la intención de beneficiar políticamente al Gobierno del cual depende, ha usado su enorme poder para, literalmente, aplastar a un ciudadano de la calle.

Arthur Koestler se preguntaba: ¿el Estado es el infinito, que todo lo puede, y el individuo el cero, reducido a la nada?

Pedro Sánchez cree que sí. Afortunadamente, el Tribunal Supremo le ha dicho que unas narices.

Así que, queridos amigos, nos encontramos ante el último dique de contención que nos queda, porque, por mucho que repitan en los medios de comunicación hiper subvencionados, comenzando por la televisión púbica (sí, he escrito púbica, no es una errata), que el problema está en el Tribunal Supremo; quien tenga medio dedo de frente es capaz de discernir que lo que ha sucedido en España es que quien debe perseguir los delitos ha sido condenado por delinquir.

Sólo un giro de 180 grados en la dinámica perversa que sufrimos podrá poner las cosas en orden. Sólo garantizando la separación efectiva entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, a través de la elección independiente y por separado, de los representantes de los distintos poderes, se podrá velar por la labor de control que tienen que ejercer esos poderes entre sí.

Hasta que eso suceda, seguiremos en manos del enemigo.