LA MIRILLA
Sánchez, del frentismo al antisistema de manual
El presidente del Gobierno y líder del PSOE, Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez ha elegido ya su única salida posible: más confrontación, más ruido, más frentismo. Con el fiscal general condenado, con la UCO cercando su círculo, con el PSOE hundido en el fango del 2%, con su esposa investigada y su hermano camino del banquillo, el presidente ha activado el modo supervivencia: convertir cada día en un combate.
Su nuevo enemigo es el Tribunal Supremo. Ayer fue la oposición. Antes de ayer la prensa. Los jueces. Mañana será Europa. Sánchez no gobierna: señala, divide, incendia. Lo que debería ser un presidente se comporta como un agitador.
La estrategia es vieja y reconocible. Necesita conflicto para tapar la podredumbre que lo rodea. Si todo es un incendio, nadie mira el origen. Si todo es exageración, la corrupción parece una anécdota. El frentismo como manta para cubrir el olor.
Y hay otra intención: empujar a Vox, engordarlo, agitarlo, convertirlo en el espantajo perfecto para intentar restarle apoyos al PP. El sanchismo vive mejor con enemigos visibles que con responsabilidades propias. “O yo, o ellos”. La fórmula más gastada de la política.
Pero el cálculo es torpe. Sánchez olvida algo esencial: para los ciudadanos, el Gobierno ES el sistema.
Y cuando el Gobierno empieza a comportarse como un peligroso antisistema —cuando cuestiona al Supremo, desacredita fiscales, insulta jueces, insinúa conspiraciones y trata al Estado como una herramienta de ataque— quien se deslegitima no es el sistema: es él.
España puede tolerar un presidente arrogante. Puede aguantar un Gobierno mediocre. Pero no soporta a un jefe del Ejecutivo que se coloca fuera del orden que está obligado a defender.
El frentismo moviliza a los suyos. A algunos. Pero deja vacío todo lo demás. Y las elecciones no se ganan con fans, sino con país.
Sánchez quiere incendiarlo todo para seguir un día más.
Pero cuando un presidente se viste de antisistema, deja de ser alternativa y se convierte en un riesgo.
Y a los riesgos para el sistema, la democracia siempre termina cobrándoles la factura.
A.M. BEAUMONT