editorial
La sombra de la sumisión: Teresa Peramato, la fiscal general bajo sospecha
Teresa Peramato será la nueva fiscal general del Estado
El Gobierno de Pedro Sánchez ha propuesto a Teresa Peramato como nueva Fiscal General del Estado, un nombramiento que llega envuelto en las densas nieblas de la desconfianza. Con 35 años de carrera fiscal a sus espaldas, especializada en violencia de género y actual Fiscal de Sala en esta materia, Peramato parece, a primera vista, un perfil solvente. Pero el contexto la condena: accede al cargo en un Ejecutivo que ha convertido la Fiscalía en un apéndice de Moncloa, erosionando su independencia hasta hacerla irreconocible.
Desde que Sánchez catapultó a su ministra de Justicia, Dolores Delgado, al puesto en 2020, se mató de raíz cualquier apariencia de imparcialidad. Delgado, con su historial de audios comprometedores y lealtades partidistas, encarnó el principio de que la Fiscalía depende del Gobierno, no de la ley. Aquella frase lapidaria de Sánchez en una entrevista –“¿De quién depende la Fiscalía?”– no fue un lapsus, sino una confesión: de él, por supuesto. Confirmó la absoluta falta de autonomía de una institución que debería ser el baluarte de la democracia, no un instrumento al servicio de intereses políticos.
Álvaro García Ortiz, su sucesor, refrendó esta deriva con un comportamiento sectario y servil que culminó en su condena por filtración de secretos. de un particular para dañar a una rival política de Sánchez, Isabel Díaz Ayuso, en plena batalla electoral. Un acto de revanchismo puro que deshonró el cargo y precipitó su dimisión reciente.
Peramato, expresidenta de la Unión Progresista de Fiscales –ese lobby afín al progresismo sanchista–, carga con el lastre de su cercanía a García Ortiz. Fuentes jurídicas la describen como “cercana” a él, en una cadena de favores que huele a enchufismo: Delgado a García Ortiz, y ahora Peramato a la sombra del anterior. Su trayectoria en la lucha contra la violencia machista es loable –condecorada con la Orden del Mérito Policial en 2010–, pero ¿puede una fiscal tan alineada ideológicamente con el Gobierno sacudirse las sombras de sospecha? Difícil, cuando el concepto sanchista de la Fiscalía es el de un engranaje más en su maquinaria de poder, no un contrapeso.