Sánchez, el CIS y el Estado convertido en su partido
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Davos
Las democracias no mueren cuando el Estado es débil. Empiezan a enfermar cuando el Estado deja de ser neutral.
Cuando el poder confunde Gobierno con partido y partido con Estado, algo esencial se rompe. No de golpe. Sin estruendo. Se rompe por desgaste.
Eso es lo que está ocurriendo en España.
Pedro Sánchez no gobierna solo con una mayoría parlamentaria precaria. Gobierna con una idea peligrosa: que todo lo institucional puede ponerse al servicio de la supervivencia política. Que Fiscalía, RTVE, CIS, empresas públicas, reguladores y relato oficial forman parte del mismo engranaje. No para gobernar mejor, sino para resistir más.
El problema no es una decisión concreta. Es el método.
Cuando el Estado se convierte en partido, deja de arbitrar y empieza a competir. No garantiza reglas y empieza a inclinar el campo. Y cuando eso ocurre, la democracia no colapsa: se degrada.
No hace falta cerrar Parlamentos ni suspender elecciones. Basta con colonizar lo común. Con convertir lo público en trinchera. Con usar las instituciones no para servir, sino para protegerse.
España vuelve a ser un ejemplo nítido de esta deriva. Cada crisis se afronta como un combate político. Las críticas se señalan como conspiración. A los jueces incómodos se les etiqueta de adversarios. Cada medio crítico, como un enemigo. El Estado deja de ser casa común y pasa a ser cuartel.
Eso no es liderazgo. Es apropiación.
Y no es un fenómeno exclusivamente español. Se ve en democracias cansadas, donde el poder ya no confía en convencer y opta por ocupar. En Hungría, en Polonia durante años, en América Latina, en regímenes que empezaron democráticos y acabaron patrimonializando el Estado como si fuera botín.
El patrón es siempre el mismo: cuando el poder siente que pierde apoyo social, no corrige. Se blinda.
Pedro Sánchez no ha inventado ese manual, pero lo ejecuta con precisión. Frente al desgaste, más control. Frente a la crítica, más señalamiento. Cuanto más debilidad política tiene, más ocupación institucional imprime.
El resultado es devastador a medio plazo: ciudadanos que dejan de creer en la imparcialidad del sistema. Funcionarios incómodos. Instituciones erosionadas. Y una sensación creciente de que el Estado ya no pertenece a todos, sino a quien manda en cada momento.
Cuando eso ocurre, el voto deja de ser una herramienta de confianza y se convierte en un arma de castigo. No se vota para construir. Se vota para desalojar.
Ese es el gran error del sanchismo: creer que puede convertir el Estado en partido sin pagar un precio democrático. Siempre se paga. Puede tardar. Pero llega.
Porque una democracia no se sostiene solo con leyes y procedimientos. Se sostiene con algo más frágil: la percepción de justicia, neutralidad y límites.
Cuando el Estado deja de parecer de todos, la democracia empieza a quedarse sola.
Y un poder que necesita el Estado para sobrevivir ya no gobierna un país. Lo ocupa.
A.M. BEAUMONT