la mirilla
Cuando dimitir es un nombre ruso
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, en Valencia
En cualquier democracia madura hay una frontera invisible que separa lo legal de lo político.
No todo lo que es defendible jurídicamente es sostenible políticamente.
La dimisión del DAO de la Policía Nacional tras una denuncia gravísima no es solo un episodio judicial. Es una prueba de estrés para el Gobierno. Y, en concreto, para el ministro del Interior.
Aquí no se trata de prejuzgar. Se trata de asumir responsabilidades.
En otros tiempos, ante un caso así, el debate no sería si hay condena o no. Sería si el ministro puede seguir en su puesto cuando el alto mando policial nombrado bajo su responsabilidad aparece envuelto en una acusación tan devastadora.
Ese estándar parece haber desaparecido. La política española ha aprendido a resistir. A aguantar. A esperar que el siguiente escándalo tape al anterior. Son tantos los casos que son clima habitual.
Dimisión ya no significa asumir. Es un nombre ruso que significa perder.
Y perder es lo único que este poder no contempla.
La protección a la denunciante del cesado DAO añade un elemento aún más inquietante. Cuando una agente necesita protección tras señalar a quien lideraba la Policía, el problema no es solo personal. Es institucional. Y lo institucional es lo que debería obligar a reaccionar.
Pero el sanchismo no reacciona. Se atrinchera.
Niega. Desplaza. Aguanta.
La responsabilidad política ha dejado de ser una exigencia. Se ha convertido en una rareza.
Y cuando en un Gobierno nadie cae por nada, el mensaje es devastador: no hay límites, solo resistencia.
No estamos ante un caso aislado. Es un estilo.
Un poder que no dimite ya no se protege a sí mismo.
Se protege del país. Desgaste total.
A.M. BEAUMONT