La gran diferencia entre ser y creerse imprescindible
El presidente de VOX, Santiago Abascal.
Santiago Abascal debería darle una vuelta a su actitud de ofendido y aparcar la política del dramatismo si no quiere llegar a mimetizarse con aquel Pedro Sánchez que defendía la política del “no es no”cuando le convenía convertir la negativa en virtud.
Hay que reconocer que los últimos resultados en las autonómicas de Extremadura y de Aragón le han venido bien para que se extienda la sensación de que el viento sopla a su favor, pero convendría que recordara que a pesar de la subida, su partido sigue siendo el tercero en número de votos. Tercero. Eso significa que, por mucha mandíbula que saque, hoy por hoy sus posibilidades de gobernar son exactamente las mismas que las mías de protagonizar la portada del Vogue: ninguna.
La hora de la verdad para cualquier político con aspiraciones llega cuando tienen que elegir qué batallas merecen la pena y cuáles solo sirven para alimentar titulares o, en el peor de los casos, para caerse de culo con todo el equipo. Y si no que se lo pregunten a Albert Rivera, que en 2019 pasó en tan solo siete meses de 57 escaños a 10 por creer que llegaría a liderar el bloque de la derecha en lugar de facilitar un gobierno del PSOE.
El empeño del líder de Vox en rechazar sistemáticamente la mano tendida de Feijóo puede darle una satisfacción momentánea, como la de no devolver la llamada de un pretendiente para demostrar indiferencia. Pero al final uno descubre que la llamada deja de llegar, y entonces el orgullo se convierte en aislamiento.
Abascal haría bien en preguntarse si quiere influir o solo sacar pecho desde bambalinas. Porque una cosa es ser imprescindible y otra muy distinta creerse imprescindible. Bajar a tierra no significa rendirse. Significa entender dónde estás parado. Y ahora mismo, le guste o no, el hombre que susurra desde su caballo, está en una posición en la que no se gobierna: se negocia.