Sánchez mira el reloj

El presidente del Gobierno, Pedro SánchezEuropa Press

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Sus ministros no llegan. Tic tac, tic tac. Dos horas de retraso en un Consejo extraordinario en plena crisis internacional. No es un detalle menor. Es una imagen. Y las imágenes, en política, pesan más que los discursos.

Mientras el mundo se tensa por la guerra de Irán, en La Moncloa los ministros de Sumar decidían no entrar en la reunión hasta cerrar una negociación política con el propio Gobierno del que forman parte.

El resultado es difícil de disimular: un Consejo de Ministros que no empieza cuando debe porque primero tiene que negociar consigo mismo. Caos.

Pedro Sánchez tuvo que ceder. No es la primera vez. Tampoco será la última. Su Gobierno depende de equilibrios internos cada vez más frágiles.

Y lo más llamativo es quién sostiene ese pulso. Sumar ha desaparecido prácticamente del mapa electoral en los últimos comicios. Sin embargo, sus dirigentes siguen teniendo capacidad para condicionar decisiones clave en el Gobierno.

Es una anomalía política. Un socio debilitado en las urnas que, sin embargo, mantiene una capacidad de bloqueo decisiva.

El Partido Popular lo ha resumido con crudeza: un Gobierno “en llamas” y “en rebeldía”. Puede parecer una exageración. Pero las imágenes pesan. Dos horas de retraso en una reunión clave en medio de una crisis internacional no son una anécdota. Son un síntoma.

Un Gobierno sin Presupuestos, sin una mayoría estable en el Parlamento y dividido internamente cuando la situación internacional exige claridad y coordinación transmite una sensación preocupante. No es solo un problema político. Es un problema de Estado.

En un país normal, una situación así abriría un debate inmediato sobre su viabilidad. Incluso sobre la necesidad de devolver la palabra a los ciudadanos. Pero España ya no está en ese terreno. La política se ha acostumbrado a funcionar en precario.

Y eso, en tiempos de incertidumbre internacional, tiene un coste. Porque los gobiernos pueden retrasarse. Pero los problemas de la gente no esperan.

A.M. BEAUMONT