editorial
La debacle de Sánchez en Andalucía abre heridas en el PSOE y lo hunde en depresión: los candidatos ven un panorama negro
Los dirigentes territoriales no entienden ni comparten la estrategia de enviar a sus ministros a batirse el cobre en los territorios. La marca Sánchez no solo no suma: resta de forma ostensible
María Jesús Montero, acompañada por el secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
La cuarta derrota autonómica consecutiva del PSOE ha dejado al partido en un estado de profunda depresión. Tras los reveses en Extremadura, Aragón y Castilla y León, la debacle en Andalucía, con María Jesús Montero al frente, ha perforado incluso el ya paupérrimo suelo histórico de 2022: de 30 a 28 escaños, con poco más del 22% de los votos. El que fuera bastión inexpugnable del socialismo español se hunde sin remedio, y los candidatos locales y autonómicos que se enfrentarán a las urnas en mayo de 2027 contemplan un horizonte negro.
Los dirigentes territoriales no entienden ni comparten la estrategia de Pedro Sánchez de enviar a sus ministros a batirse el cobre en los territorios. La marca Sánchez no solo no suma: resta de forma ostensible. Así se vio en Aragón con Pilar Alegría y ahora en Andalucía con Montero, su persona de máxima confianza. En Extremadura, la sombra de Miguel Ángel Gallardo -vinculado al caso del supuesto enchufe del hermano del presidente- también pesó como una losa. Los candidatos locales saben que la política nacional lastra sus opciones y que el voto de castigo a Sánchez puede sepultar sus aspiraciones.
Las quejas circulan en voz baja. Solo Emiliano García-Page eleva el tono con críticas abiertas, aunque, como siempre, sin pasar de las palabras a los hechos. El resto calla. No es casualidad. Sánchez lleva ocho años tejiendo un control férreo del partido. Enviar ministros a las federaciones forma parte de esa estrategia de ocupación del territorio para impedir cualquier atisbo de rebelión interna. El coste es evidente: la progresiva pérdida de poder territorial en favor del PP. Pero a Sánchez eso parece importarle poco. Su prioridad es mantenerse en Moncloa y en Ferraz, cueste lo que cueste.
Mientras tanto, los alcaldes y barones socialistas ven cómo su espacio se fragmenta. La izquierda identitaria y autonomista les roba votos y entusiasmo con discursos más cercanos y enraizados. El PSOE nacional se ha convertido en un aparato estratégico que ya no conecta con el electorado de proximidad.
Los candidatos de 2027 lo tienen claro: sin un cambio profundo de rumbo, el panorama es desolador. La moral de victoria brilla por su ausencia y el miedo a pagar facturas ajenas se extiende. Sánchez puede controlar el partido, pero no puede ocultar la sangría electoral. El PSOE territorial paga el precio de un liderazgo que solo mira por sí mismo.