opinión
El precio de perder la credibilidad
Foto de familia de la cena oficial que ofrece el presidente de la República de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, a los participantes en la Cumbre de la OTAN
La defensa tiene un coste. Lo sabemos. Cuesta dinero, exige presupuestos, obliga a tomar decisiones difíciles y requiere explicar a los ciudadanos por qué, en un mundo más peligroso, la seguridad no puede seguir siendo una partida secundaria. Pero hay algo que cuesta todavía más que invertir en defensa: perder la credibilidad.
Ese es el verdadero debate que deja la última Cumbre de la OTAN. No si Donald Trump ha sido más o menos duro. No si Pedro Sánchez ha encontrado una frase más o menos ingeniosa para consumo interno. No si el Gobierno logra ganar un titular durante veinticuatro horas. La cuestión de fondo es mucho más grave: qué ocurre cuando un país aliado empieza a ser percibido como un socio poco fiable.
Porque la OTAN no es una hoja de cálculo. No es únicamente un porcentaje del PIB. La OTAN es, ante todo, una arquitectura de confianza. Cada aliado sabe que su seguridad depende de los demás. Cada país acepta que su libertad se sostiene también sobre el compromiso de sus socios. Y cuando esa confianza se erosiona, el problema deja de ser contable y pasa a ser estratégico.
España no puede permitirse aparecer una y otra vez como la excepción. No puede convertirse en el país que siempre pide una cláusula particular, una explicación distinta, un trato singular. No puede jugar a ser aliado cuando conviene y objetor cuando hay que asumir responsabilidades. En política internacional, la ambigüedad permanente no se interpreta como astucia. Se interpreta como debilidad.
El Gobierno de Sánchez ha confundido la defensa nacional con la propaganda doméstica. En lugar de construir una posición de Estado, ha preferido convertir cada compromiso internacional en una operación de supervivencia parlamentaria. En vez de hablar claro a los españoles, ha preferido alimentar el espejismo de que la seguridad sale gratis, de que otros pagarán siempre la factura y de que España puede mantener influencia sin asumir costes.
Pero el mundo ya no funciona así.
Rusia ha devuelto la guerra al corazón de Europa. Irán desestabiliza Oriente Medio. China proyecta su poder sobre el Indo-Pacífico. Las amenazas híbridas, los ciberataques, la presión migratoria instrumentalizada, la desinformación y el terrorismo forman parte de una misma realidad: la seguridad europea está bajo presión. Y ante esa realidad solo hay dos opciones: prepararse o fingir que nada ha cambiado.
Europa ha tardado demasiado en despertar. Durante años delegamos una parte excesiva de nuestra seguridad en Estados Unidos, mientras discutíamos sobre autonomía estratégica como si fuera un eslogan y no una responsabilidad. Ahora ya no basta con pronunciar grandes palabras. Si Europa quiere ser un actor geopolítico, debe ser capaz de defenderse. Y para defenderse necesita capacidades, industria, inversión y voluntad política.
Eso no significa alejarnos de Estados Unidos. Al contrario. La mejor relación transatlántica no es la que se basa en la dependencia, sino en la fortaleza compartida. Europa será mejor aliada de Estados Unidos cuando pueda mirar a Washington de igual a igual. La autonomía estratégica no consiste en romper el vínculo atlántico. Consiste en hacerlo más sólido, más equilibrado y más creíble.
Por eso el debate español resulta tan preocupante. Mientras otros países europeos entienden que la defensa es una prioridad nacional, Sánchez la convierte en una moneda de cambio ideológica. Mientras nuestros aliados hablan de capacidades, disuasión e industria militar, el Gobierno español calcula cómo evitar un conflicto con sus socios de coalición. Mientras Europa se rearma, España se justifica.
Y justificar no es liderar.
España tiene unas Fuerzas Armadas excelentes, profesionales, comprometidas y respetadas. Precisamente por eso merecen algo mejor que un Gobierno que las utiliza como argumento cuando le conviene y las abandona cuando toca dotarlas de medios. Nuestros militares cumplen. El problema es que el Gobierno no está a su altura.
La credibilidad no se improvisa en una cumbre. Se construye durante años y se pierde en muy poco tiempo. Se gana cumpliendo compromisos, hablando con seriedad, actuando con previsibilidad y demostrando que, cuando llega una crisis, España está donde debe estar: con sus aliados, con Europa y con la libertad.
El coste de la defensa no empieza en los presupuestos. Empieza cuando se pierde la credibilidad. Y cuando un país pierde credibilidad, luego necesita mucho más dinero, mucho más tiempo y mucho más esfuerzo para recuperarla.
La Cumbre de Ankara no ha demostrado que Donald Trump sea más fuerte. Ha demostrado que el mundo es más peligroso. Y en un mundo más peligroso hay dos maneras de actuar: esperar que otros nos protejan o asumir, de una vez por todas, la responsabilidad de proteger aquello que somos. Europa ya ha tomado esa decisión. España no puede seguir siendo la excepción.