la mirilla
Sánchez habla de fútbol con su amigo Trump
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el presidente de EEUU, Donald Trump, durante la cumbre de la OTAN en Ankara. (Europa Press/DPA/Ansgar Haase)
Donald Trump es el gran malvado de la política occidental. Se ha ganado esa imagen a pulso. Basta pronunciar su nombre para que la izquierda se lleve las manos a la cabeza. Es la encarnación del populismo, el riesgo para la democracia y el símbolo de todo aquello contra lo que hay que combatir.
Pedro Sánchez tampoco desaprovecha esa fotografía. Durante años ha presentado al presidente estadounidense como el referente de una forma de hacer política incompatible con los valores que Europa defiende. Trump es el espejo con el que advierte a los españoles de lo que nunca debe ocurrir.
Sin embargo, cuando ambos han vuelto a encontrarse cara a cara, la escena ha sido bastante distinta de la que cabía imaginar.
Ni reproches. Ni tensión. Ni discursos grandilocuentes. Hablaron de fútbol. De golf. Sonrieron. Una conversación casi festiva entre dos dirigentes que parecían dejar la geopolítica para otro momento.
Resultó muy llamativo. Pocas horas antes Trump había dicho de los españoles que somos “mala gente”.
Pues bien, pese al insulto y representar un peligro tan formidable para la democracia, nuestro presidente no quiso hacerle esta vez ninguna advertencia o gesto de incomodidad. Nada de eso.
Quizá sea una prueba de que la política internacional se parece poco a los discursos de partido. Cuando uno gobierna, las pancartas suelen quedarse en la puerta y aparecen los intereses del Estado. Es una vieja enseñanza de la diplomacia.
O quizá simplemente Sánchez entendió que no siempre merece la pena convertir cada encuentro en una batalla ideológica. Tampoco Trump pareció especialmente preocupado por pelear con su interlocutor. Los dos jugaron el poder de las formas.
Existe un viejo refrán que dice que no ofende quien quiere, sino quien puede. Hay ocasiones en las que el mayor desaire no consiste en levantar la voz, sino en actuar con una naturalidad que desinfla cualquier expectativa de enfrentamiento.
Trump está acostumbrado a monopolizar la escena. A provocar titulares antes incluso de abrir la boca. Esta vez, sin embargo, el encuentro dejó una sensación distinta. Casi la de dos dirigentes hablando de asuntos triviales mientras el resto esperaba fuegos artificiales.
Vaya sorpresa. Que el personaje que durante años ha servido para movilizar a la izquierda española termine convertido, por unos minutos, en un compañero ocasional de conversación de colegas en la barra del bar.
A.M. BEAUMONT