¿Alguien sabe dónde está Marruecos cuando se le necesita?

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez (i), se reúne con el presidente del Ejecutivo marroquí, Aziz Ajanuch (d), en 2024Pool

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España se ha convertido en la madre de todas las fallas y aquí estamos todos: que si el cambio climático, que si el deporte nacional de la burocracia infinita impide limpiar los montes, que si la despoblación le abre camino a incendios imposibles... Lo cierto es que hay tres factores fundamentales que nos están convirtiendo en la barbacoa de Europa: el calor, la falta de humedad y el combustible. Sobre los dos primeros, sean o no consecuencia del cambio climático, poco podemos hacer. Queda el tercero, y ese sí es cosa nuestra; o, mejor dicho, de unas administraciones mucho más proclives a invertir una pasta gansa en mecanismos de extinción que en políticas de prevención.

Pero, más allá de todo eso, no veo que nadie se pregunte dónde está Marruecos cuando se le necesita. Sí, ya sé que, como país europeo, el protocolo establece que el cauce prioritario para pedir sopitas cuando España ya no da más de sí es el Mecanismo Europeo de Protección Civil y que llamar a Rabat implica salirse de la impecable infraestructura comunitaria. Pero resulta que desde hace décadas España mantiene un acuerdo bilateral con Marruecos que contempla, con todas las de la ley, que cualquiera de las dos partes ponga sus medios a disposición de la otra cuando la casa del vecino se quema.

Y es que la memoria, a diferencia del monte, conviene no limpiarla del todo. En 2014, cuando el sur de Marruecos se inundó, España estuvo allí con kits de emergencia, potabilizadoras y apoyo logístico. Y en 2023, cuando la tierra tembló al otro lado del Estrecho, allá que fuimos con la Unidad Militar de Emergencias, los rescatadores del ERICAM y perros adiestrados capaces de encontrar una aguja entre los escombros.

Nadie pide que nos devuelvan el favor con una tarjeta de agradecimiento, faltaría más. Pero ya que Marruecos es, con diferencia, el país vecino más próximo a la península y que este Gobierno ha tenido el detalle de reconocerle el Sáhara como chalet adosado, lo mínimo que se podía esperar era un ofrecimiento de ayuda, aunque fuera con la boca pequeña; uno que, de momento, ni ha llegado ni se le espera.

Así que, mientras contemplamos cómo el mapa se cubre de ceniza y esperamos a que los papeles europeos sigan su impecable cauce administrativo, no puedo evitar pensar que hay vecindarios en los que la solidaridad parece una carretera de sentido único. Eso sí, perfectamente asfaltada y con un paisaje precioso... justo antes de salir ardiendo.