editorial
Sánchez pierde la batalla ante los jueces, pero acobarda al CGPJ que calla: ¿dónde está Perelló?
Isabel Perelló aguanta carros y carretas sin inmutarse. El órgano que debería defender la independencia de la carrera se esconde. Mientras tanto, los jueces que instruyen o juzgan los casos que tocan a Sánchez soportan críticas feroces, presiones institucionales y campañas de desprestigio
El presidente del gobierno, Pedro Sánchez
Pedro Sánchez vuelve a perder ante los jueces. El Tribunal Supremo ha frenado los efectos electorales de la ley de nietos, esa operación de ingeniería censal disfrazada de memoria democrática. La Audiencia Nacional, con María Tardón al frente, investiga la avalancha de Ceuta como un ataque a la integridad territorial. Las causas que afectan a Begoña Gómez, a su hermano, a Ábalos, a Koldo o a las cloacas del PSOE siguen su curso. El Gobierno pierde en los tribunales. Pero gana otra batalla, más corrosiva: ha acobardado al Consejo General del Poder Judicial.
El silencio del CGPJ y de su presidenta, Isabel Perelló, es atronador. Mientras Óscar López tilda de "salvajada" y "atropello democrático" el auto del Supremo, acusa a los magistrados de "salvapatrias" empeñados en tumbar al Ejecutivo y se cuestiona la imparcialidad de Tardón por un pasado político de hace un cuarto de siglo, Perelló no dice nada. ¿Dónde está?
En la apertura del año judicial apenas hubo una alusión velada a las "descalificaciones" de quienes ejercen "responsabilidades institucionales" y a la "extraordinaria gravedad" de atribuir a los jueces motivos políticos. Eso es todo. Lamentable. Ante ataques sistemáticos, insólitos y graves —convertir la discrepancia jurídica en sospecha de prevaricación o lawfare—, el silencio no es prudencia. Es complicidad
Isabel Perelló aguanta carros y carretas sin inmutarse. El órgano que debería defender la independencia de la carrera se esconde. Mientras tanto, son los jueces que instruyen o juzgan los casos que tocan a Sánchez, a su familia, a su partido o a su Gobierno quienes mantienen en pie la democracia y el Estado de Derecho. Soportan críticas feroces, presiones institucionales y campañas de desprestigio. Lo hacen solos, sin que sus jefes del CGPJ les apoyen ni les defiendan públicamente con la contundencia que exige el momento. Esa soledad de los magistrados es la mejor prueba de que el sistema aún resiste. Y la peor de que quienes deberían protegerlo han preferido callar.